Manuelito


Manuelito va todos los días con su mamá al parque, a alimentar a las palomas y a leer. Ella podría quedarse en casa avanzando cosas de su trabajo, pero prefiere seguir con la tradición de esos paseos con tal de que Manuelito salga un rato a ver el mundo, ese mundo del que tantas veces se pierde por quedarse encerrado en casa, permitiendo que su timidez gane la batalla.
        Manuelito está sentado en la banca del parque en un día cualquiera, comiendo unas galletas junto a su mamá, cuando ve en el otro extremo de esa zona a un muchacho con un tablero de ajedrez instalado frente a él. No hay nadie junto a aquel chico, por lo que parece que está jugando contra sí mismo.

El brazo de Manuelito señala a aquel joven para que su mamá lo vea y ella entiende lo que le quiere decir: a su pequeño le encanta ese juego, pero casi nunca puede jugarlo, porque ella no sabe hacerlo y porque él tiene muy pocos amigos, de los cuales ninguno está interesado en el ajedrez.

—¿Por qué no le preguntas si puedes jugar con él? —le dice a Manuelito su mamá.

—Es que… ¿y si no quiere? —responde el pequeño, rascando su mano en señal de nerviosismo. —Nadie nunca quiere jugar conmigo.

—No vas a saber si no lo intentas, mi amor. Anda, ve, yo de aquí te veo.

Pero Manuelito no puede. Lo intenta, pero el miedo le gana una vez más y, después de alimentar a las palomas, regresa a su casa con su mamá.

Observar a aquel muchacho se vuelve una costumbre de todos los días: él juega solo, la mamá de Manuelito lo alienta a ir a preguntarle si puede unírsele y el pequeño lo intenta, pero el miedo termina siendo el vencedor.

Después de un par de semanas así, Manuelito decide dar el paso. Su psicóloga le había dicho que, si el temor aparecía, lo que él tenía que hacer era lanzarse a hacer lo que deseaba, porque, si se apresuraba a hacerlo, no le daría tiempo al miedo de tomar fuerza dentro de él.

—Voy a preguntarle, mami, pero… si me dice que no, todo va a estar bien, ¿verdad? Vamos a ir a casa y nadie se va a reír de mí… ¿verdad?

—Claro que todo va a estar bien, mi amor. Yo aquí voy a estar esperándote sin importar qué. Ve, de aquí te veo.

Manuelito se levanta de su banca y, con las manos entrelazadas apoyadas en su espalda, se acerca a aquel muchacho. Él está poniendo cada pieza en su lugar después de haber terminado una partida contra sí mismo. Manuelito llega a donde está él, observa el tablero y cruza la mirada con el joven. Manuelito intenta hacer su pregunta, pero no puede, así que estira el brazo señalando el tablero y luego se señala a sí mismo, deseando que comunique su mensaje. Y se entiende perfecto, porque el muchacho asiente y, con la mano, lo invita a sentarse del otro lado del tablero.

Manuelito y el joven juegan en silencio. El sonido de los pájaros es el único que interrumpe los pensamientos entre cada jugada y, de vez en cuando, el pequeño voltea hacia atrás para asegurarse de que su mamá siga ahí. Y ahí está, sonriendo y susurrándole que todo está bien.

Jugar en silencio se vuelve una nueva costumbre: Manuelito ya incluso se olvida de las palomas y ahora espera cada mañana para poder jugar. A veces él gana y otras veces pierde, pero lo que le importa es que está practicando con alguien que entiende ese gusto que le apasiona tanto.

Normalmente, cuando termina el juego, Manuelito se levanta, sonríe y vuelve con su mamá, pero ese día, después de una reñida partida en la que cualquiera podría haber ganado y en la que el pequeño logró triunfar, Manuelito se queda en su silla, mira hacia el piso, inhala y se atreve. Lo había practicado con su psicóloga: tenía que decirle algo a ese muchacho, no podía seguir con esas partidas en eterno silencio.

Manuelito habla y habla y, cuando termina, se atreve a levantar la mirada y a esperar la respuesta del joven… pero el joven no dice nada, solo mira fijamente al pequeño y levanta los hombros. Manuelito espera, piensa que quizá la respuesta llegará en un momento, pero no sucede nada, así que el pequeño se levanta y sale corriendo hacia donde está su mamá. Llega con ella, comienza a llorar y le dice que se vayan, que ya no quiere estar ahí.

Su mamá lo abraza y le pregunta qué pasó, pero el niño no dice nada. Preocupada, lo suelta un momento para ir con aquel muchacho y cuestionarle qué sucedió… y lo entiende todo. Vuelve con Manuelito y le dice que es hora de irse.

Al día siguiente, Manuelito llega al parque acompañado de su mamá y de su tía. Los tres se acercan al joven que está acomodando su tablero de ajedrez y, cuando llegan a su lado, Manuelito voltea a ver a su tía. Ella le dice que está lista, así que Manuelito comienza a hablar, mientras su tía mueve las manos a medida que el niño habla:

—Hola. Quiero disculparme por lo de ayer. Me da miedo hablar con las personas y, como ya teníamos días jugando, me atreví a hablarte a ti… y luego levantaste los hombros y creí que me estabas diciendo que no te interesaba hablar conmigo, pero mi mamá ya me explicó. Me gusta que juguemos, tú sí entiendes el amor por el ajedrez y quisiera que siguiéramos practicando… pero creo que también quisiera que pudiéramos platicar un poquito... Entonces, quiero aprender a hablarte, mi tía me va a ayudar. Ayer estuvimos practicando y quisiera preguntarte lo que te pregunté ayer.

Manuelito voltea con su tía y ella sonríe, diciéndole con los ojos que hiciera lo que le había enseñado.

Manuelito mueve sus manos, expresando sus primeras palabras en ese nuevo lenguaje que acaba de aprender y que el joven entiende perfectamente:

“¿Quieres ser mi amigo?”.

Esta historia fue ganadora del primer lugar en el concurso "La discapacidad también cuenta", organizado por el Gobierno de Zapopan.
Imagen: pasa47 en Flickr

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