Fiu, fiu, fiu


Mi esposa me estaba engañando desde hace meses. Comencé a darme cuenta de su cambio de actitud con pequeños detalles: el beso de despedida de las mañanas se mudó de la boca a la mejilla, de la mejilla a la frente y de la frente a la distancia. Las pláticas de las comidas se sustituyeron por la televisión de fondo. Los condones comenzaron a expirar, y yo no sabía que expiraban. A ella de repente se le antojaba dormir en el sillón, y yo no sabía que teníamos un sofá cama.

Apenas nos comunicábamos. Nuestras conversaciones personales eran nulas, y nuestros mensajes de texto se centraban en los «ya llegué» que, más que por cariño, se envían por seguridad en este país. Ya se veían muy lejanos los días en los que el pizarrón que tenemos junto a la puerta, en el que anotamos nuestros pendientes, solía estar acompañado de un «te quiero», de un corazón o de una broma ocasional. En esta época, ya sólo decía algo como «pagar el internet» y, si lo olvidaba, al día siguiente decía «pagar el internet» con una línea roja debajo.

Me cuesta enfrentar los problemas. Nunca se me ha dado platicar. Cuando comencé a sentir que mi esposa se alejaba de mí, me intrigaba saber el motivo, pero, por más que intentaba acercarme para indagarlo, había algo dentro de mí que me lo impedía. ¿Temor de que me confirmara algún defecto que hay en mí? Tal vez. ¿Temor de que me dijera que, en efecto, había un problema irremediable entre nosotros dos? Quizá. ¿Temor de que me dijera que me estaba engañando con un hombre quince años menor que yo? Nunca, jamás se me pasó la idea por la cabeza, pero resultó ser la opción correcta.

Me di cuenta un viernes, porque los viernes mi hora de comida comienza más temprano de lo usual, y porque ese día yo había olvidado mi billetera en casa y no podría comprar nada para comer. Me subí a mi auto, conduje hasta casa y entré dirigiéndome hacia mi habitación… nuestra habitación, que desde hace meses parecía más mía que nuestra. Subía las escaleras mirando mi celular cuando, desde arriba, comencé a escuchar una voz que atrajo mi atención. Una voz masculina. Una voz más joven. Una voz que provenía de la habitación. Había un intruso en mi/nuestra habitación.

Sentí el color rojo invadir mi rostro, y mi corazón comenzó a amenazar con escapar de mi interior. Con las manos temblorosas, me sujeté tan fuerte como pude del barandal de la escalera, intentando tomar aire, intentando convencerme de que mi pensamiento automático era erróneo y de que una explicación tranquilizadora estaba por llegar.

Coloqué mi maletín en el escalón con cuidado, y continué subiendo cautelosamente, procurando no emitir ningún mínimo sonido. Ya en la planta alta, caminé lento, agradeciendo que tuviéramos alfombra, y me acerqué a la puerta de mi/nuestra habitación. Y la escuché. Los escuché. La voz de mi esposa, tan ajena en mi vida por tanto tiempo, se oía ahora muy viva frente a la voz masculina desconocida, que reía, que gritaba, que gemía.

El sudor comenzó a invadir mi frente mientras mi mente intentaba comprender que no me estaba imaginando ese escenario, que mi matrimonio iba mucho peor de lo que imaginaba y que, si me hubiera atrevido a indagar el motivo de nuestra situación, podría haber evitado llegar hasta ese momento.

Mi mano sudorosa rodeó la perilla de la puerta, entendiendo que únicamente bastaba girarla para terminar de comprender la realidad, para tener una representación visual de lo que ya estaba imaginando… una representación visual que, al igual que aquellos sonidos, me acompañaría el resto de mi vida. No. No quería tenerla. Solté la perilla, limpié el sudor con mi camisa, cubrí mis oídos y me alejé. Tomé el maletín de la escalera, lo coloqué en mi estómago y lo sostuve con mis codos, para poder continuar teniendo mis dedos en mis oídos. Bajé rápida pero cuidadosamente, sin sostenerme del barandal, salí de la casa olvidando la billetera que había ido a buscar, subí a mi auto y me alejé a toda velocidad.

Mi boca se abría instintivamente sin saber si debería gemir, gritar o balbucear. Mi pie pisaba el acelerador con fuerza, ignorando la realidad que había alrededor por pensar en que el abandono llegaba a mi vida una vez más, después de que mi padre nos hubiera dejado a mi madre y a mí cuando era pequeño. ¿Qué habrá de malo en mí para que la gente tenga que traicionarme? Por años tuve miedo de convertirme en un hombre posesivo, celoso y controlador por justificar mi temor de que me dejaran nuevamente, y ahora descubría que haber cuidado tanto no ser así no había sido suficiente.

Mis días comenzaron a cambiar. Llegar a mi propia casa me daba horror. Llegué a agradecer que mi esposa casi no me dirigiera la palabra, porque al hacerlo recordaba el sonido de su voz, y a mi mente venía la manera en la que ella sonaba mientras estaba con él… mientras se acostaba con él en mi/nuestra habitación. ¿Por qué ella no había investigado si yo iría a casa ese día? ¿Era tan poco cuidadosa naturalmente, o también tenía mi problema para verbalizar los problemas y prefería vivir con el riesgo de que yo descubriera su engaño para ya deshacerse de mí?

Sin darme cuenta, empecé a silbar. En alguna etapa de mi vida, silbaba cuando me sentía contento, pero ahora lo hacía por miedo, enviándole una señal de advertencia a mi esposa. «Ya llegué; escucha mi silbido para que te des cuenta; si estás engañándome allá arriba, tienes tiempo de vestirte, de esconder a tu amante y de inventarme alguna excusa, mientras oyes mi “fiu, fiu, fiu”».

Comencé a tenerle miedo a mi mujer. El poder que tenía para lastimarme era inmenso, y no sé si ella era consciente de eso. Me había propiciado una herida profunda a base de sonidos, así que no necesitaría gran cosa para destrozarme. Fuera cual fuera el motivo por el cual ella se arriesgaba a ser descubierta, yo debía ser más inteligente.

Le avisé que mis horarios de trabajo se habían modificado, y que ya podría tener horarios de comida y de salida completamente distintos todos los días. No le importó: tres veces en la misma semana, cuando yo llegaba a casa en horas diferentes, me había dado cuenta de que el muchacho estaba ahí. Yo hacía «fiu, fiu, fiu», y la cama de mi/nuestra habitación rechinaba respondiéndome.

Le dije que la base de nuestra cama ya estaba muy gastada, y que en la noche sonaba tanto cada vez que me movía, que no me dejaba dormir. No le importó: en cuanto compré una base nueva, comencé a escuchar golpes continuos que provenían de la puerta que aquel día yo no me había atrevido a abrir. Yo hacía «fiu, fiu, fiu», y la puerta de mi/nuestra habitación rechinaba respondiéndome.

Comencé a encontrar la cama destendida, cepillos de cabello y de dientes en el baño, y empaques de condones nada ocultos en el bote de basura. Mi última esperanza había muerto: ella tampoco quería hacerle frente a la situación, pero quería que yo lo supiera.

Pasaban las semanas, y «fiu, fiu, fiu», y «fiu, fiu, fiu», y «por favor, no», y «FIU, FIU, FIU». Mientras más fuerte silbaba, más fuerte me respondía algún golpe, algún rechinido, algún grito ahogado. Mi/nuestra habitación ya no era ni mía ni nuestra: era de ella y de un extraño durante el día, y en las noches que yo pasaba ahí no podía evitar imaginar lo que había sucedido en ese mismo lugar durante mi ausencia, lo que se había escuchado aún más fuerte cuando yo no estaba presente.

Ella debió comenzar a cansarse de que yo no entendiera, o de que fingiera no entender ante tanta obviedad, porque empezó a apoderarse de toda la casa. La habitación no les fue suficiente: ahora encontraba pistas en el baño, en la cocina, en la sala, en el sofá cama en el que ella dormía para no estar conmigo.

Mi jefe me pidió un documento urgente durante un turno de trabajo, y yo recordé que lo había dejado en casa. Me dirigí hacia allá y, con miedo, acerqué la llave a la cerradura. El ruido de unas voces me detuvo: estaban en la sala, justo al otro lado de la puerta. «Fiu, fiu, fiu», y se escucharon más fuerte. «Fiu, fiu…», «por favor», «fiu, fiu»… Y fue inútil. Me puse de rodillas frente a la puerta de mi casa, y comencé a llorar en silencio; eran los sonidos de mi esposa y de aquel intruso los que musicalizaban mi momento de patética agonía. Finalmente, cumplí el capricho que ella tanto había tenido: de rodillas, ingresé la llave, giré la perilla, y obtuve esa representación visual a la que tanto le hui, y que hoy todavía veo cada vez que cierro los ojos.

Escribo estas líneas mucho tiempo después, desde mi cama, la cual ya no es la misma en la que aquellos dos hicieron tanto ruido, dentro de mi cuarto, el cual ya es sólo mío y no «nuestro». Hago «fiu, fiu, fiu», y Toby llega corriendo hacia mí, listo para que le ponga su correa y lo saque a dar un paseo. Viene a mí cada vez que le silbo. Me pregunto si él también va a huir algún día.
Imagen: Jayne en Flickr

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1 comentario:

  1. ¡Buenísimo! ¡Ya inmerso en la maraña psicológica de las relaciones!

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