No me ames esta noche


/ Historia recomendada para mayores de 13 años / 

Los tres años que pasé a tu lado constituyeron la etapa más feliz de mi vida, o quizá la única etapa que podría considerar completamente feliz.

Mis amigos me insistieron hasta el cansancio que descargara esa aplicación en mi celular. Yo no creía que ese tipo de cosas fueran del todo inútiles: de seguro se podía encontrar a buenos amigos ahí, ya que el sistema analiza tu ubicación, tus gustos, tus intereses… y busca personas cercanas que tengan un perfil parecido al tuyo.

Gracias a eso, sí, era muy posible que lograra formar amistades ahí, pero… ¿amor verdadero? No. El amor de mi vida no podría estar en un lugar así. Lo repetí una y otra vez hasta que, aquella noche de borrachera, me convencieron de descargar esa cosa y ver qué sucedía. Y te encontré. El amor de mi vida realmente estaba en esa aplicación, también de manera obligada gracias a la presión de amigos.

Me atrapaste por completo en cuanto te vi. Sólo tenías una foto, y tu descripción no decía mucho… pero había algo en ti, algo distinto, algo único, algo que hasta resultaba extraño en medio del montón de fotos de otras chicas con poca ropa que me enviaban insinuaciones sexuales.

Me habían explicado que había una opción con la cual podía darte un “super like”. Según entiendo, era un botón que sólo se podía utilizar una vez al día, y su función era hacerle saber a la otra persona que te había gustado mucho, más que todas las demás chicas que te habían aparecido en la aplicación ese día. Presioné el botón dentro de tu perfil y, dos horas después, me enviaste un «¡Hola!», así, con ambos signos de admiración. Y ahí comenzó nuestra historia.

La aplicación nos condujo a la vida real, y la vida por primera vez parecía, de hecho, real. Nos permitimos conocer a la perfección cada detalle de nuestro ser, cada temor que controlaba nuestras vidas, cada manía que ejecutábamos inconscientemente. Disfrutábamos pasar el tiempo juntos, y establecimos rutinas que jamás se convirtieron en monotonía porque simplemente nos hacía felices vernos, sin importar dónde o por qué. Eran los desayunos juntos, los martes de ópera o teatro, los viernes de cine, los domingos de playa…

La existencia finalmente cobró sentido. La tristeza tenía una constante salida cuando estabas conmigo. Al fin poseía el amor que siempre deseé tener pero que no creí que existía. Y entonces, nos separamos.

La beca que te otorgaron para estudiar fotografía era demasiado buena como para dejarla ir, y la oportunidad que me habían ofrecido a mí en aquella universidad era de esas de una sola vez en la vida. Nos amábamos con una intensidad a la que no pensábamos que se podría llegar, pero también teníamos nuestros sueños, y estos eran individuales, e interferían en el posible futuro de nuestra relación.

Llegó el momento de actuar como adultos. Platicamos en un parque, en el que las miradas y los abrazos dijeron más que las palabras, y decidimos separarnos para que cada uno pudiera seguir la oportunidad que se le presentaba en el ámbito profesional.

Caí en un pozo muy profundo. Te extrañaba, te extrañaba tanto… Tenía el amor puro y verdadero que siempre había querido, y se me había ido de las manos. Por otra parte, al fin estaba trabajando en el lugar que sabía que era el ideal para mí, pero por alguna razón combinaba mi emoción con el alcohol, varias veces por semana. Además, curiosamente, el cigarrillo ya no me sabía tan mal.

Seis meses pasaron de esa manera, hasta que vi que no estaba llevando mi vida hacia ningún lado, y me convencí de que tenía que seguir adelante, porque tú ya no volverías jamás. Comencé un proceso, logré ponerme sobrio e intenté olvidarme de ti.

Hoy, han pasado cinco años desde el día en el que, con un abrazo, nos despedimos. Ambos hemos construido nuestras vidas: los dos llevamos tres años saliendo con otras personas. Mi novia me ama de verdad, estoy seguro, y yo la amo a ella también. Su relación conmigo comienza a formalizarse, y planeo proponerle, dentro de poco, que se case conmigo.

Tú te ves feliz con el hombre con el que estás. Ya aceptaste ser su esposa, y te casarás con él durante el próximo verano, en una ceremonia a la que no sé si estaré invitado, y a la que no sé si asistiría en caso de estarlo.

Tu novio y mi novia son personas que nos quieren, que han compartido gran tiempo de sus vidas con nosotros y que están seguros de que quieren seguirlo haciendo eternamente, y ese sentimiento lo tenemos por ellos tú y yo también… pero ellos ignoran que, en el fondo, tú y yo sabemos que lo que tuvimos fue único.

Todavía te amo. Nunca te dejé de amar. Ese sentimiento por ti está presente, dentro de mí, al igual que el recuerdo de aquel día en el que volviste a mi vida...

Nunca lo olvidaré. Mi teléfono sonó a media clase, observé que el número era extranjero y lo ignoré. Al terminar de dar mi lección, vi que tenía un mensaje de esa misma persona, y me llevé la sorpresa de mi vida al leer que eras tú, diciéndome que te mudarías a mi ciudad y que me invitabas a tomar algo.

Los nervios me consumieron durante toda la semana, pues no sabía qué pasaría cuando te viera una vez más. Creía que simplemente me sentiría feliz por reunirme contigo, pero mi amor por ti seguía ahí, escondido en lo más profundo de mi ser, y temía con todas mis fuerzas que aquello fuera a despertar al tenerte frente a mis ojos una vez más.

Y claro, mi gran temor se volvió realidad. El volver a tener tu mirada, tu cabello, tus manías, tu perfume… El volver a tenerte cerca me enloqueció por completo, y provocó esta necesidad de tenerte cerca, y esta loca idea de que quizá todavía no era tarde para poder estar junto a ti.

Pero claro que era tarde. Era demasiado tarde. Cada uno de nosotros ya había hecho su vida, y ambos estábamos en relaciones serias con personas que nos querían y que estaban dispuestas a compartir su vida con nosotros.

El plan era ignorar mis sentimientos. Todo lo que debía hacer era evitar que supieras que estaba enamorado de ti. Comenzamos a vernos todos los jueves, que ahora se habían convertido, simplemente, en jueves de nosotros. Podíamos ir a cenar, o a tomar algo, o al cine, o al teatro, o a la ópera, o a caminar junto a la playa… El punto era estar juntos, porque disfrutábamos nuestra compañía. Y creo que la disfrutábamos demasiado… porque entonces, aquella noche en el bar, después de tu décimo trago de tequila, comenzaste a llorar, me abrazaste y me confesaste que estabas enamorada de mí.

El planeta dio mil vueltas. La idea de volver a estar contigo, que anteriormente me había parecido una locura, ahora no parecía tan imposible. O al menos no lo pareció durante un par de segundos porque, inmediatamente después, la realidad me dio una cachetada. Yo tenía una novia que amaba y que me amaba, y a la cual ya tenía tiempo insinuándole que nos casaríamos. Tú estabas comprometida con un hombre que se veía bastante decente. Lo nuestro no podría ser: el destino se había encargado de quitarnos la oportunidad.

Durante varios jueves, platicamos sobre nuestros sentimientos y sobre el futuro. Ambos sabíamos que nuestro camino ya se había definido, y que no podíamos ser crueles con las personas que también, de alguna manera, amábamos, y que nos habían dedicado años enteros de su atención y de su cariño.

Jueves tras jueves, nuestras reuniones se convirtieron en llanto que parecía no cesar. Llegamos a considerar la opción de dejar de vernos, de alejarnos otra vez… porque quizá, al no tenernos, podríamos olvidar el amor que sentíamos. Pero no, ninguno de los dos podía hacer eso. Nuestros encuentros eran una mezcla de cariño, de nostalgia y de esperanza. Los necesitábamos. Nos necesitábamos.

Tras meses de barajar posibilidades sobre la mejor manera de sobrellevar esto, se nos ocurrió aquella idea. Al principio dudamos, porque teníamos miedo de no poder controlarnos, o de que simplemente nos fuéramos a hacer más daño. Pero era mayor el cariño, era mayor la pasión… así que decidimos hacerlo, una vez, para probar, para ver qué sucedía, para ver si estábamos cómodos.

Fue muy difícil, lo admito. Tuve ganas de llegar mucho más lejos, también lo admito. Pero no lo hice, porque te prometí no hacerlo, y tú respetaste ese pacto también.

Continuamos haciendo eso cada jueves. Si bien, en ocasiones, al terminar de hacerlo sentía un poco de remordimiento, cuando pasaban los días nacía en mí el deseo de que llegara el jueves otra vez, para poder volver a tenerte junto a mí.

Hoy es jueves, y después de decenas de jueves, continuamos realizando aquella rutina que establecimos. Tengo estos pensamientos mientras subo por el elevador, en camino a la habitación de hotel. Me enviaste un mensaje hace cinco minutos, diciéndome que ya estabas ahí.

Camino por el corredor hasta llegar a la puerta del cuarto. Me le quedo mirando fijamente, doy un respiro profundo, introduzco la llave en la cerradura, y entro a la habitación.

Te encuentro acostada en la cama, con tu espalda desnuda asomándose, y con el resto de tu cuerpo cubierto por la sábana. Sonríes al verme, y me acerco a ti. Me siento en la cama, quito la ropa de mi cuerpo, y me recuesto a tu lado.

Saco mi celular de mi bolsillo, y comienzo a revisar mis redes sociales, o mis mensajes, o cualquier cosa, mientras tú haces lo mismo. Cada uno se introduce en ese mundo virtual durante un par de minutos, sin hacer ninguna pregunta, sin decir nada, como si no supiéramos lo que está a punto de suceder. Por alguna razón, cada jueves es necesaria esta parte de la rutina: la de hacernos tontos. Quizá así podemos evitar hablar del tema, por temor a arrepentirnos o a sentirnos mal.

Tras un breve momento, uno de los dos bloquea su celular y lo deja en el buró que está a su lado. A veces lo haces tú, y a veces lo hago yo, pero lo haga quien lo haga, es seguido por el otro, inmediatamente.

Después de abandonar el teléfono, el silencio continúa imperando entre nosotros. Te recuestas de lado, mirando hacia la ventana, mientras yo me recuesto hacia el otro lado, mirando hacia la puerta. Una vez más, realizamos algo que probablemente sería difícil de explicar, pero que simplemente es necesario hacer.

A veces me pregunto en qué pensarás durante ese momento en el que pretendemos ignorar lo que está por ocurrir. Yo, por mi parte, pienso en el arrepentimiento que seguramente me llegará después, y en qué tanto se puede considerar infidelidad lo que estamos haciendo. Intento convencerme de que no es eso, de que no hacemos nada malo y de que no engañaríamos a nuestras parejas… pero a veces, simplemente no estoy tan seguro.

Durante ese momento, también, mi corazón late increíblemente fuerte. Siento como si rebotara contra el colchón de una manera impresionante y, a pesar de que hacemos esto cada semana, no puedo acostumbrarme a eliminar este nerviosismo. Algunas veces me he preguntado si tú sientes estos latidos en el colchón… pero no sé qué tan posible sea eso.

Finalmente, después de unos minutos, tomo la iniciativa y, lentamente, giro mi cuerpo para que quede mirando hacia la misma ventana que tú miras. Quedas de espaldas a mí, pero percibes el movimiento que acabo de realizar, por lo que sólo espero hasta que tú tomes el valor también, gires, y quedemos frente a frente.

Cuando al fin lo haces, me introduzco en tu mirada. Nos observamos y analizamos nuestros ojos, nuestro cabello, nuestra piel. Pienso en cada momento que hemos vivido juntos, y en todo lo que podríamos vivir si el destino fuera más compasivo con nosotros. Pienso en que te amo, y en que este amor es único e imposible de imitar.

Tu mano comienza a moverse un poco sobre la sábana, e interpreto lo que esa señal quiere decir. Muevo mi mano, lentamente, también, hasta que queda cerca de la tuya. Mi dedo índice alcanza tímidamente al tuyo, y lo acaricia con un ritmo delicado que me hace percibir de manera perfecta la suavidad de tu piel.

Tomo un leve impulso, y recorro mi cuerpo hacia el frente. Tú haces lo mismo, y quedamos tan cerca como es posible. Mis labios están a escasos milímetros de los tuyos. Tu aliento nervioso exhala en mi rostro, y tus ojos húmedos están a tan corta distancia que siento que podrían absorberme.

Llevas tu mano hacia mi rostro, y acaricias mi mejilla. Siento mi barba incipiente raspar sutilmente tus dedos, y provocas un escalofrío que recorre cada partícula de mi ser, y que me obliga a amarrarme con una soga imaginaria para no llegar más lejos de lo que debo.

También pongo mi mano sobre tu rostro, y acaricio tu cuello, tus mejillas y tu cabello. Nuestras narices se colocan una sobre la otra, y nuestros ojos conectan sus miradas y quedan perdidos en un viaje que podría ser eterno.

Mi nariz se desliza suavemente sobre la tuya, de un lado a otro. Y yo sé qué es lo que sigue. La misma rutina se repite cada jueves, por lo que sé que en este momento, después de unir nuestras narices, el siguiente paso es fundirnos en un largo abrazo, para posteriormente separarnos, levantarnos, abandonar el hotel y regresar a nuestras vidas.

Sin embargo, cada semana, durante ese instante, cuando lo único que nos separa son unos milímetros y nuestra prudencia, pienso que quizá esa vez será diferente. Tal vez ahora alguno de los dos no podrá resistir y dará el paso que ambos juramos jamás dar. Y quizá uno se atreverá a acercar sus labios sólo un poco más para alcanzar los del otro, y comenzará así un beso que seguramente se prolongaría y se volvería más intenso, iniciando una locura que culminaría en nuestra entrega total.

Mientras nos miramos y frotamos nuestras narices, sé que ambos estamos pensando en esa posibilidad, pero sé también que ninguno de los dos se atreve a romper el juramento. Nos atreveríamos a hacerlo siempre y cuando fuera el otro quien comenzara, pero ninguno quiere ser el traidor. Sin embargo, lo pensamos, y sé que secretamente deseamos que alguna vez uno de nosotros vaya más allá.

Deseo que eso suceda… Juro que no hay algo que desee más en el mundo que entregarme a ti como hace tantos años, para sentir tu amor una vez más, y para experimentar ese sentimiento único que sólo tú y yo compartimos.

Pero no puedo. No podemos. Está mal. Es traición.

Pero quiero. Pero queremos.

Y es complicado, y cada jueves siento que voy a estallar… Pero te lo pido: simplemente abrázame, terminemos por hoy, y vayamos a nuestras casas.

Por favor, no hagas nada más. No me ames esta noche, porque si lo haces, yo también lo haré.
Imagen: Rowena Waack en Flickr

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9 comentarios:

  1. Nadie pudo explicar mejor lo que siento. Gracias a ti por escribir lo que a veces al alma le cuesta aceptar.

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  2. No puedo dejar de llorar, este cuento duele mucho pero es como si alguien finalmente entendiera ese dolor. Gracias

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  3. Una vez vivi algo parecido a esto y se me vino el recuerdo. Es cierto el amor nunca se va y es muy complicado aceptarlo pero el tiempo y la voluntad ayudan

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  4. Para los que hemos vivido algo asi esto es una puñalada. Pero que bonito

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  5. Gabriela Acevedodomingo, mayo 20, 2018

    se me salieron las lágrimas :( hermoso final. Me deja pensando en que pasó despues

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  6. Ahhhh qué bonito y que doloroso!!!

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  7. No puedo ser la única que esté llorando después de leer esto. El amor es lo más bonito del mundo pero puede doler demasiado. Que preciosa historia

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  8. Uno que anda sensible y tú escribes esta belleza. La forma en que llevaste la historia es tan perfecta, con esa calma con la que se cuentan los hechos pero ansiando conocer ese desenlace.
    Definitivamente maravillosa, como siempre.

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  9. Es un excelente escrito, enhorabuena. Sí, pincha en algunos momentos, pero es estupenda.
    Besos.

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