Me bastó una hora


/ Historia recomendada para mayores de 16 años / 

Podría contarles todo. Podría darles un montón de detalles.

Podría hacer memoria y mencionarles cada momento que viví contigo. Podría listarles cada lugar al que fuimos juntos, cada sonrisa que pusiste en mi rostro, cada noche de llanto, de amor, de abrazos… Podría decirles sobre los regalos, las cartas, las flores… Podría contarles todas las cosas por las que he pasado, todo lo que me ha convertido en la frágil y temerosa persona que hoy soy… Claro, podría también, decirles que tú sabías eso y que juraste cuidarme siempre.

Podría… pero no.

No haré eso porque sería hacerte quedar demasiado bien.

Fueron dos años hermosos. ¡Claro! ¡Lo fueron! Yo jamás podría negar eso. Me hiciste la chica más feliz del planeta, y vaya que hoy en día hay chicas felices… Me llenaste en todo sentido y comencé a idealizar el resto de mi vida a tu lado. Vi en mi mente la imagen de nuestra boda, de nuestra casa, de nuestros hijos… De cada mañana despertando a tu lado durante años y años, hasta que la muerte nos quisiera partir en dos.

Podría contarles tantas cosas buenas… pero, ¿sabes? Esta vez, prefiero hablarles de lo que sucedió exactamente hace un mes.

No, no puedes hablar. Permíteme.

Déjame comenzar a contarles sobre esa noche. Te dije que volvería a tu departamento a las nueve, y regresé a las siete. Había una tormenta afuera, por lo que me quité mis zapatillas al entrar al edificio, y caminé con mis pies descalzos hasta tu puerta. Yo nunca había sospechado nada, te lo juro… Yo creí que esa noche simplemente nos ducharíamos y nos vestiríamos para ir a cenar y a celebrar un mes más en que estábamos juntos. Eso debería haber sido todo…

¡No! ¡No pongas esa cara! ¡Ellos tienen derecho a saber! Ya me humillaste, ¿no? ¡Ahora sé un hombre y mírame a los ojos mientras les cuento! ¿O qué? ¡¿No quieres que nadie sepa de lo que eres capaz?!

Entré al maldito departamento y tu música fue mi cómplice porque no escuchaste cómo giraba la llave, ni cómo rechinaba esa puerta que habías prometido reparar. Y llegué a la habitación, y vi cómo tu rostro se palideció en cuanto me viste aparecer frente a ti. Y quisiste disimular, y subiste tus pantalones como si en medio segundo pudieras desaparecer todo.

Y yo fui una tonta, porque por un momento pensé que simplemente te había asustado y que creías que de alguna manera había llegado alguien de visita, y que no querías que esa persona te viera desnudo… porque esa es una reacción normal, ¿verdad? ¡Pero no! ¡Tú solo me hiciste caer en cuenta! Porque… ¿por qué tu celular estaba apuntando ahí? ¿Por qué sonreías tanto mientras veías tu entrepierna a través de la cámara de tu teléfono?

Yo sólo me acerqué… sólo me acerqué porque me sentí extraña, pero no sabía nada todavía. Tu reacción era lo que te delataba. Dijiste que me sentara, que no pensara mal, que podías explicarme… y fue hasta entonces cuando entendí.

Mi corazón comenzó a latir muy fuerte y sentí cómo mis labios y mis mejillas temblaban. Te acercaste a mí, estirando tus brazos como si quisieras evitar que te golpeara. ¡Por favor! ¡Como si yo fuera capaz de hacer eso! Tomaste mi cuello con tu mano, y dirigiste tus ojos a los míos… Mis ojos… Mis ojos que de alguna manera estaban acumulando mis lágrimas y no las habían comenzado a derramar todavía.

Y justo entonces, no sé cómo… pero se me ocurrió. Arranqué tu celular de tu mano, quité tu brazo de mi cadera, corrí a toda velocidad, y me encerré en el baño.

¡Sí! ¡Estoy llorando! ¿Y qué? ¡Todavía me duele, maldita sea!

Revisé quién era la chica a la que le estabas enviando esas fotografías… y no la reconocí. Vi las fotos de ella también y mis manos temblaron como nunca mientras tú gritabas desde fuera e intentabas romper la puerta con tus puños.

Busqué. Busqué de todas las maneras que se me ocurrieron en ese instante, aunque no fue complicado, porque encontré más. No era esa chica solamente. Habían más. Tres, cuatro, no lo sé… No sabía si las conocías o si eran extrañas de internet… No lo sabía. Simplemente no sabía.

El temblor de mis manos me venció, y solté el celular. Cayó al piso y rebotó hacia alguna esquina. Era extraño, ¿sabes? Tú intentabas explicarme todo con tus gritos desde afuera, pero yo ya no te escuchaba… Sólo podía oír un gran vacío que me ensordecía, mientras me recargaba en la puerta y me deslizaba en ella, hasta terminar sentada en el piso, con mil recuerdos de ti y de mí juntos llegando a mi mente.

No… No es suficiente. Les voy a contar la historia completa. Detenme si puedes.

¿Cuánto tiempo pasó, por cierto? Sentí que fue un par de minutos… ¿Realmente fue tan poco? Como sea, tras darle vueltas a tantas memorias, me levanté del suelo, respiré hondo y me quedé mirando la perilla. Tenía un plan. Quité el seguro de la manera más lenta que pude para que no hiciera ruido, giré la perilla con cautela… y abrí la puerta de un jalón.

Corrí. Miré hacia el frente, pero alcancé a notar cómo estabas sentado en el piso de la sala, con las manos en la cabeza. Gritaste mi nombre e intentaste alcanzarme, pero tardaste demasiado. Tomé tus llaves del buró mientras corría, llegué a la puerta, salí, y puse llave por fuera. Cuando le di la última vuelta a esa cerradura, ya escuchaba tus gritos y tus golpes del otro lado, pero no les di importancia.

Volví a correr. La tormenta caía sobre mí y mojaba mi uniforme del restaurante y mis pies descalzos, pero continué. Corrí, corrí y corrí hasta el cansancio.

No veía las calles, ni los autos, ni las direcciones… nada. Simplemente huía. No sabía a dónde. Vi una especie de bosque que se asomaba tras una avenida, y crucé la calle para alcanzarlo. Las bocinas de los autos sonaron para mí, y aun así continué.

Llegué a ese montón de pasto, y el frío me invadió, porque la tormenta arreciaba todavía más en esa zona. Seguí moviéndome, y atravesé kilómetros de árboles.

Llegó un momento en el que no pude más, y caí. Me empapaba mientras estaba tirada ahí, llorando, con la lluvia disimulando mis lágrimas.

Ah… ¿Ya te cansaste? ¿Ya no quieres saber más? ¡No! ¡Espérate! ¡Todavía no termino!

Estando ahí, envuelta en la desesperación y el llanto, me senté en el pasto, y me puse a pensar si merecía estar sufriendo por alguien que me podía lastimar así.

¿Y qué crees? ¡No! ¡No lo merezco! Así que, ¿sabes qué hice? ¡Te mandé a la chingada! ¡Me bastó una hora! ¡En una maldita hora supe que tenía que alejarme de ti! ¡De ti y de los dos años que estuve contigo!

Me levanté y comencé a caminar con furia. Una vez más, esquivé a todos los autos y a quienquiera que se atravesara en mi camino… hasta que llegué. Llegué a su casa. No, no la tuya… La de él.

Toqué el timbre, y observé su cara de confusión cuando abrió la puerta y me vio empapada, con mi maquillaje arruinado y con mis pies llenos de tierra.

«¿Qué te pasó, mi amor?», me preguntó, consternado.

Y yo no necesité decirle nada… no quise. Simplemente lo tomé del cuello, y comencé a besarlo sin control. Él me correspondió, aun viéndome así de desagradable. Y caminé hacia adentro de su casa mientras me besaba, y cerré la puerta detrás de mí.

Y le hice el amor toda la noche. Y al despertar, vimos vídeos juntos en su celular. Un celular que él me mostró, uno que él me dejó usar, uno en el que él me dejó revisar lo que yo quisiera… porque él no me esconde nada.

Él no es como tú.

Imagen: Kai C. Schwarzer en Flickr

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3 comentarios:

  1. Muy fuerte... Muy sentimental, muy, muy todo. La verdad, excelente. Sin palabras.

    Un beso grande

    Natu
    http://khaleesigeek.blogspot.com/

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  2. Vaya, me ha gustado mucho, está muy bien narrado y en general es interesante, el final queda un poco ambiguo, pero me ha parecido interesante que ella saliera con otro.

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