Las palabras del silencio


Historia apta para todo público

15 de agosto
Mis manos están dentro de mis bolsillos en forma de puño por el frío que tengo. Son las seis de la mañana. Mi mochila está colgada en mi hombro, mis ojos apenas están abiertos y la multitud se aglomera en la parada del autobús.

Tengo sueño. Es lunes y estoy desvelado por terminar de escribir los cuatro reportes que tengo que entregar en la universidad hoy. No dormí nada anoche, ni la noche anterior, ni la que pasó antes de esa. Mis fines de semana estaban resumiéndose a eso últimamente: a pasar el tiempo frente a mi computadora, escribiendo reportes y ensayos sobre temas que jamás había creído que lograría comprender.



Contemplo mi cansancio y me pregunto por qué cuando mi amigo me ofreció pasar por mí todas las mañanas en su auto, le dije que no. No quería ocasionar problemas, pero realmente ahorraría tiempo y energía de haber aceptado.

El semáforo frente a mí cambia su luz a verde, y los autos comienzan a avanzar. Vislumbro a mi autobús venir en mi dirección, y estiro mi brazo para que el conductor lo vea y se detenga. Una señora que lleva a dos niños de la mano también planea abordar, y cuando el autobús se detiene, la ayudo con sus pequeños.

Subo, pago y me siento en el lugar que acostumbro: en la penúltima fila, del lado del conductor, junto al pasillo. Siempre tengo la fortuna de alcanzar un asiento: una de las ventajas de que mi universidad no esté en una zona muy concurrida.

Tengo la discusión mental de todos los días, en la que debato si debería escuchar música o leer durante mi trayecto. Finalmente, termina ganando la lectura, como siempre, por el constante temor a que alguna persona vea mis audífonos, deduzca que tengo un celular costoso y se acerque a asaltarme.

Saco una novela clásica de mi mochila y comienzo a leerla en la parte en la que me quedé el día anterior. Me introduzco tanto en la historia que me pierdo, y el trayecto de casi una hora se siente menos largo.

El autobús avanza durante un rato y, en cierto momento, dos calles antes de llegar a mi universidad, se sacude bruscamente. Un auto ignora una señalización y se atraviesa frente a mi autobús, ocasionando que éste frene violentamente para evitar chocar con él. Por instinto, aprieto con fuerza la agarradera del asiento frente a mí y miro hacia todos lados. Escucho los gritos y las bocinas por doquier, pero, afortunadamente, todo está bien.

Los pasajeros van eliminando el susto de sus caras, algunos incluso tras haber despertado de sus sueños por el impacto. Me pongo de pie para dirigirme a la puerta trasera y bajar en la siguiente calle. Camino, y es en ese momento, en el estrecho pasillo del autobús, entre todas esas personas, entre los gritos de los conductores… que te veo.

Son tres segundos, máximo, en los que fijo mi mirada en ti, pero en ellos puedo darme cuenta de casi todo.

Toco el timbre del autobús. Éste se detiene y me abre las puertas. Bajo, y comienzo a caminar pensando en esos segundos, en esa imagen tuya.

Jamás te había visto. ¿Será que tomas este autobús diario, o sólo fue algo de hoy?
No vienes a esta universidad, y es casi el final de la ruta. ¿A dónde vas?
Te sentaste en la misma fila que yo, pero del otro lado del pasillo. ¿Ya lo habías hecho, o eliges un asiento distinto cada día? ¿De verdad seré tan estúpido como para tenerte tan cerca cada mañana y no verte?
Y, sobre todo, ¿qué tienes? ¿Por qué, siendo tan linda, tu mirada estaba tan perdida fijándose en el piso? Reconocería ese tipo de ojos donde sea, porque yo los he tenido, y los tengo todavía, de vez en cuando. Ese instante en que te vi me aseguró algo crucial: tú me comprendes, tú también has sufrido… pero lo estás intentando.

Me dirijo a mi salón de clases y comienzo mi día. Lamento admitirlo, pero tras pensar en ti por un par de horas, te vas de mi mente. Tengo tantas cosas que hacer que parece que mi cabeza no tiene espacio para algo pacífico y hermoso como tú.

22 de agosto
¡Cómo odio la ciudad! Salgo de mi casa y todo parece normal, pero a medida que avanzo, un aire helado comienza a impactar mi cuerpo, veo miles de hojas volar por los aires, y escucho un trueno en el cielo.

La lluvia se hace presente, y en cuestión de segundos una enorme tormenta está encima de mí. Me grito mil groserías en mi cabeza por no llevar un paraguas, aun cuando sé que nunca se puede confiar en el clima de la ciudad.

Corro a la parada del autobús y tengo la fortuna de que el mío está ahí, detenido frente al semáforo. Me apresuro y llego justo a tiempo. Abordo, tomo mi asiento de costumbre y, con furia, pongo mi mochila a un lado. Sacudo las gotas de agua de mi ropa y me envuelvo en mi chamarra, deseando no enfermarme después.

Respiro agitadamente, y todo me molesta: que el autobús no apague todas sus luces, que la persona frente a mí tenga la música tan fuerte que parece que no tiene audífonos, que el conductor acelere como si quisiera matarnos a todos…

Pienso en que no puedo ser el único notando que vamos a toda velocidad, y observo a mi alrededor, o al menos pretendo hacerlo, porque en cuanto giro mi cabeza hacia la derecha y veo el asiento del otro lado del pasillo, mi mirada se queda ahí: eres tú, de nuevo.

Dejaste suelto tu cabello castaño, y estás envuelta en un abrigo rojo. No comprendo qué me sucede, e intento controlar ese impulso de hablarte, de preguntarte todo, de decirte que me estás atrapando de una manera que no logro entender. Me gustas, me das mucha curiosidad. Despiertas en mí la misma sensación del lunes pasado, y ahora agradezco al cielo por la lluvia, por haberme hecho correr para alcanzar el autobús y encontrarte ahí.

Intento deducir a dónde vas, pero fallo. No llevas nada: ni una mochila, ni un libro, ni un accesorio… nada. Sólo un pequeño bulto en el bolsillo de tu pantalón, el cual supongo que es tu celular. Ojalá tuviera tu número… Pienso en un loco escenario en el que recibes un mensaje del «extraño del autobús» que dice que todo estará bien, que puedes contar con él si alguna vez lo necesitas, y que estaría encantado de que le permitieras conocerte.

¿Qué diablos? ¡No! Eso sería demasiado extraño. No quiero asustarte… Además, ¿a quién pretendo engañar? Soy muy tímido para hacer cosas así. Jamás me atrevería a hablarte, no quiero molestar… Y, debo aceptar la realidad: te ves demasiado linda para alguien como yo.

El camino entero se pasa mientras estoy sumido en esos pensamientos, y llega la hora de descender. Cuando me levanto de mi asiento, fijo mi mirada en ti. Pienso que quizá no me atrevo a hablarte, pero que podría tener alguna mínima posibilidad si te sonrío, si te hago saber que existo.

Sin embargo, no me miras. Mantienes tus ojos mirando hacia el piso, como siempre, con esa mirada perdida que me duele. ¡¿Cómo puede ser posible que me duela si no te conozco?!

24 de agosto
Han pasado dos días desde que te vi y, justamente como ayer, no estás. Tu asiento preferido está vacío. He notado que cuando no te encuentro, nadie más se sienta ahí. Pareciera como si el destino ordenara que ese lugar es para ti, que todos deben respetarlo, y que nadie puede interferir con la forma en que has hecho ese rincón tan tuyo, llenándolo de tus sentimientos. Sólo Dios sabe por lo que estás pasando, y en qué tanto piensas cuando te sientas ahí.

Me pregunto dónde estás, cómo estás… Temo no volver a encontrarte. Temo que sean simples coincidencias las que nos han unido y que no se repitan esas mañanas en las que me absorben tu belleza y tu misterio.

29 de agosto
Apenas subo al autobús, te busco con la mirada, como todos los días… y ahí estás. Sonrío instantáneamente y el conductor me mira extrañado. El día apenas comienza, pero yo ya siento que será uno grandioso, porque me llena de emoción verte ahí. ¡Gracias Dios, destino o lo que sea! ¡Gracias!

Tomo mi asiento, pongo mi mochila en mis piernas, y te miro. Soy pésimo disimulando. No puedo ocultar que estoy absorto ante ti. Me invade el éxtasis por verte de nuevo, pero también estoy cansado de ver esa mirada en tu rostro. Te ves tan linda, no sólo físicamente… Estoy seguro de que, si te conociera, también sabría que eres una persona amable, generosa, divertida… ¿Por qué estás sufriendo? Alguien como tú no se merece eso. ¿Por qué nadie está haciendo nada al respecto? ¿No se dan cuenta? O, lo peor… ¿estás sola?

Las preguntas atraviesan mi mente, y creo que mi obviedad me delata, porque sucede lo que yo deseaba que pasara, pero que en ese momento me toma por sorpresa: me miras. Por primera vez giras tu cabeza y fijas tus ojos en mí. Veo tu rostro completo, y no sólo tu perfil mientras observas el piso. Estoy anonadado. Eres aún más bonita de lo que pensé.

Nuestros ojos están clavados, los unos en los otros. Me miras extrañada, confundida, preguntándote si el hecho de que yo te observe tanto es algo bueno o malo. Me inundan las dudas y no sé cómo reaccionar, porque no quiero que pienses mal. Caigo en cuenta de que lo adecuado sería sonreírte, y hacerte saber que me gustas, que me gusta verte, que mis días son más felices cuando te encuentro… pero tanto pensar agota mi tiempo, porque cuando me decido a sonreír, ya estás mirando el piso otra vez.

Mi corazón late más rápido, y siento el color subir a mi rostro. Me insulto de todas las maneras posibles. Soy un idiota. Te continúo buscando la mirada durante el resto del camino, pero ya no volteas. Llega el momento de bajarme, y cuando me levanto de mi asiento intento pasar cerca de ti, para ver si así miras hacia arriba y nos encontramos de nuevo… pero todo es en vano.

Bajo del autobús y pateo con coraje una lata de refresco que está tirada en la banqueta. Paso el resto del día pensando en lo patético que soy, y en la noche sueño contigo, con tu mirada.

1 de septiembre
Otra vez no estás. ¿Por qué siempre tienen que pasar varios días para que te vea? Hay una gran diferencia entre el horario del autobús que tomo y el siguiente, así que no es posible que tomes otro.

Intento hacer memoria, y descubro que hay un patrón en las veces que te he visto: siempre han sido en lunes. ¿A dónde podrías ir sólo los lunes, tan temprano? Quizá a alguna clase de algo, o a realizar alguna actividad… no lo sé. Tu forma de vestir tan natural y el hecho de que no cargues nada, me dicen poco.

5 de septiembre
Mi teoría resulta ser cierta: es lunes, y estás ahí. Tengo toda la semana planeando este momento. Esta vez seré valiente, esta vez sabrás lo que te quiero decir, ya sea a través de mi sonrisa, o de mis ojos, o de lo que sea… pero lo sabrás.

Intento ser un poco más discreto, y en lugar de fijar mi vista en ti durante todo el camino, pretendo que leo mi libro y en ocasiones volteo a verte. Ves el piso, como siempre, con la mirada perdida.

El tiempo transcurre y comienzo a tener ansiedad. Ya falta poco para llegar a mi destino y no me ves. ¿Por qué soy así? ¡Carajo! ¡Cualquier otra persona ya se hubiera sentado a tu lado y te hubiera dicho «hola»! ¿Por qué algo tan sencillo tenía que ser tan complicado?

Cuando faltan cuatro calles para bajarme, y cuando tengo la ilusión a punto de caer al piso que tanto miras, finalmente, volteas. Nuestros ojos se conectan por segunda vez, y mi pensamiento se pierde. No puede ser posible que alguien me haga perder tanto el control como tú. Siempre he estado solo, no sé lo que es enamorarse de alguien… pero creo que debe ser algo muy parecido a esto.

Ni siquiera es necesario que recuerde todo el plan que había creado para este momento. Te veo, y el hecho de saber que me miras es suficiente para que mi cuerpo reaccione por sí solo, y me haga sonreír. Siento cómo se forma en mi rostro la sonrisa más sincera que he tenido, y me llena de alegría que te la esté dirigiendo a ti. Ruego por que puedas notar eso: que no es una sonrisa cualquiera, y que sólo tú has logrado que yo tenga una así.

Mantenemos la mirada fija por varios segundos, no sé cuántos… Tu expresión cambia, y me sorprendo cuando por primera vez noto un poco de color en tu rostro. Después, todo deja de tener sentido y mi corazón quiere salir de mi cuerpo de lo fuerte que late… porque sonríes.

Estoy impresionado, y estoy a punto de explotar de felicidad. ¿En serio fui yo? ¿En serio es gracias a mí que esa mirada triste que siempre muestras está desvaneciéndose por un momento? ¡¿En serio te hice sonreír?!

Miro por la ventana que está detrás de ti, y me doy cuenta de que estamos a punto de llegar a mi universidad. Tomo mi mochila con prisa, y continúo mirándote mientras me levanto y camino. Bajo del autobús sonriendo, y al estar en la banqueta miro hacia tu ventana, y me llevo la sorpresa de que me sigues viendo.

El autobús sigue su camino. Estoy tan envuelto en felicidad que comienzo a caminar y doy un salto en plena calle, para después comenzar a reírme. Las personas me ven de forma extraña, pero no me importa, porque lo logré. ¡Lo logré! Ahora sabes sobre mí, y sabes qué emociones me causas.

Llego a mi salón de clases y no pongo nada de atención. Que el profesor hable y hable, no me interesa. ¡¿Qué puede ser más interesante que la imagen de tu sonrisa que no sale de mi mente?!

12 de septiembre
Un bebé llora en los brazos de un hombre mientras espero mi autobús. Mis fines de semana han cobrado otro sentido: ya no los paso sumido en el tedio de las actividades escolares, sino que ahora hago mis trabajos con gusto, feliz, sabiendo que cuando llegue el inicio de la semana tendré el premio de verte.

Cuando mi autobús llega y subo, te veo desde el primer momento. Puedo notar que tu mirada también me busca, pues me ves precisamente en cuanto abordo. Sonrío y siento el rubor formarse en mis mejillas. Me dirijo a mi asiento y, esta vez sin disimular, volteo a verte instantáneamente. Nos sonreímos, y mi color facial te ocasiona una pequeña risita que me enloquece.

Me siento feliz. Me siento completo… Pasamos todo el camino comunicándonos a través de nuestros ojos, y a partir de ese día comenzamos una especie de ritual que repetimos todos los lunes, que consiste en voltear a vernos ocasionalmente, provocando la reacción espontánea el uno en el otro.

19 de septiembre
Un hombre sube con una bocina enorme colgada en su hombro, y comienza a reproducir su música a todo volumen, como si los pasajeros quisiéramos escucharla.

La canción es regional mexicana. Te miro, y en lugar de estar molesta, noto cómo te divierte la inesperada situación. Cuando haces contacto visual conmigo, comienzo a pretender que bailo en mi asiento, abrazando al aire como si fuera mi pareja. Te llevas las manos a la boca para contener tu risa.

26 de septiembre
Mis profesores se empeñan en darme cargas de trabajo aún más enormes, por lo que el lunes estoy muy cansado y, después de sonreírte una sola vez, me quedo dormido en el autobús.

Cuando despierto, faltan sólo dos calles para llegar a mi universidad, así que me apresuro a levantarme. Ya de pie, caigo en cuenta de que estuviste ahí todo el tiempo, y me da mucha vergüenza. Además de eso, también siento coraje por haber desperdiciado el camino en dormir y no en buscar tus ojos. Ahora tendría que esperar otros siete días para verte.

Te sonrío mientras me dirijo a la puerta trasera, y al bajar del autobús, miro hacia tu ventana. Pones tu celular en el cristal, y observo en él una fotografía que me tomaste durmiendo. Ríes juguetonamente, y no sé cómo sentirme. Me da pena que me haya sucedido eso… pero en el fondo estoy muy emocionado. ¡Te gustó verme dormir!

3 de octubre
Estoy sumergido en nuestros juegos usuales. Tu mirada perdida ya casi nunca está presente, y si bien no me doy todo el crédito, me complace estar contribuyendo a ese cambio. He aprendido a quererte, a disfrutar esos pequeños momentos contigo. Hemos creado un lenguaje que no involucra sonidos, y todo lo que sabemos de nosotros es lo que nos demostramos en ese autobús, cada mañana de lunes.

Durante una de nuestras miradas compartidas, sonríes, apoyas tus manos sobre tu asiento, tomas impulso, y te mueves al asiento de al lado.

Estoy congelado. Jamás esperé que hicieras algo así, y siento la fuerza de los latidos de mi corazón en todo mi cuerpo. Me estás ofreciendo que me siente a tu lado. Me estás ofreciendo que rompamos ese ritual que hemos hecho y que demos un paso más.

Mi sonrisa sigue en su lugar, pero ahora es una nerviosa. Pienso en todas las posibilidades, e intento convencerme de que todo estará bien, de que es una buena señal… pero no me atrevo.

Los minutos avanzan y mi recorrido llega a su fin. Cuando me levanto para bajarme del autobús, pretendo que nada sucedió y te sonrío como siempre. Obtengo tu sonrisa de vuelta, pero puedo notar que es un poco menos expresiva que la que estoy acostumbrado a recibir.

En cuanto desciendo, me siento en la banqueta y apoyo mi cabeza contra mis piernas. Quiero gritar. ¡No puedo ser tan cobarde! ¡Me ha costado mucho llegar hasta aquí y lo estoy arruinando!

10 de octubre
Durante los primeros momentos de nuestra mañana, todo parece normal. Nuestros jugueteos ocasionales se hacen presentes y tu presencia me llena de felicidad.

Tras avanzar durante un rato, veo cómo apoyas tus manos en tu asiento, y aparece un escalofrío en mi estómago porque sé lo que viene. Acierto, pues te mueves de lugar y me ofreces sentarme junto a ti.

Intento tomar valor. Inhalo, exhalo y me dispongo a hacerlo. Inclino mi cuerpo hacia adelante y comienzo a levantarme lentamente, pero justo en el momento en el que mi cuerpo deja de tocar mi asiento, el pánico me invade, y de un sentón regreso a mi lugar.

Me quedo mirando mis pies, porque tengo mucha vergüenza. No quiero mirarte. Hubiera sido mejor que me quedara ahí sentado. Ahora sabes que intenté hacerlo, y que no me atreví. Me mostré ante ti como el cobarde y ridículo chico que soy.

Siento un enojo indescriptible contra mí mismo, al cual le dedico mi atención durante el resto del camino. Cuando una chica pide la parada del autobús en mi universidad, me levanto rápidamente, desciendo, y emprendo mi camino mirando hacia adelante, sin verte. No puedo hacerlo. Estoy muy avergonzado. No quiero saber qué piensas de mí ahora. De verdad, no quiero.

17 de octubre
Por primera vez, deseo que al subirme al autobús, no estés ahí. No sé con qué expresión mirarte, no sé qué decirte, no sé si deba ir a disculparme, o si sería bueno explicarte las cosas de una vez por todas. ¡No sé! ¡No sé cómo funciona esto! Es un mundo nuevo para mí…

Cuando abordo el autobús, ahí estás. Tu mirada se dirige al piso, igual que cuando te conocí, pero esta vez tu rostro luce distinto. No expresa tristeza… es otra cosa. Es como si la tristeza, la confusión, la decepción, la duda… todas estuvieran peleando entre sí, dentro de ti.

Tomo mi asiento, y durante todo el recorrido busco tu mirada. Busco hacer contacto visual, como solemos hacerlo, y así explicarte que no es mi intención. Quiero que sepas que soy un tonto y que mi miedo es más grande que yo, pero que te quiero… Que has cambiado el sentido de mi vida desde que te vi. Que necesito conocerte, entrar en tu mundo, saber más de ti… pero que no me atrevo. Que siempre he estado solo, y que he sufrido mucho, pero que puedo ver cómo tú comprenderías eso, y cómo podríamos apoyarnos mutuamente para salir de la oscuridad en la que vivimos.

Tus ojos no salen del piso. Es hasta el final, hasta el momento en que me levanto para preparar mi descenso, que volteas hacia mí. Tus ojos están completamente abiertos, pero no muestran el brillo que tenían antes. Tu cara expresa duda, y siento que me parto por dentro.

Me bajo del autobús, y ya no sé en qué pensar.

24 de octubre
Cuando abordo el autobús, me sorprendo al verte con audífonos. Jamás los habías llevado antes. Una parte de mí cree que es una casualidad, y que te los quitarás al verme, pues me darás la oportunidad de reparar las cosas. Sin embargo, fallo. No lo haces. Todo el camino miras el piso, sumida en tu música.

Me llega una desesperación inmensa, y sé que tengo el poder de levantarme, ir hacia ti, sentarme a tu lado y abrir mi boca para explicarte todo y pedirte la oportunidad de mostrarte la realidad… pero no lo hago. Permanezco sentado y me siento como una basura.

31 de octubre
Siento como si algo cayera dentro de mí cuando subo al autobús, miro tu asiento, y no estás. ¡Es lunes! ¡Deberías estar ahí!

Durante el camino, no dejo de pensar. Sé que soy culpable, y sé que estoy dejando ir esa oportunidad por cobarde. Lo sé, pero… no estás aquí hoy por una coincidencia, ¿verdad? Algo pasó. Quizá te enfermaste, o perdiste el autobús, u hoy no tenías que ir a cualquiera que sea el lugar al que vas… Sí, algo así pasó. No tiene nada que ver con lo que ha sucedido entre tú y yo, y el próximo lunes estarás aquí, y todo estará bien… ¿verdad?

7 de noviembre
¡¿Por qué no estás aquí?!

He pensado por mucho tiempo. No pasa un día sin que este asunto aparezca en mi mente, y ahora estoy decidido, ¿sabes? Lo estoy. Mi temor no puede ser más grande que yo, y tengo que demostrarme que sé controlarlo. La próxima vez que te vea, me sentaré a tu lado, aunque no me ofrezcas el asiento, y te hablaré. Conocerás mi voz, y con ella te diré todo lo que ha pasado, cómo me has hecho sentir desde que te vi, cómo me partía el corazón verte triste, cómo le has dado un sentido nuevo a mi vida, cómo te quiero conocer, cómo te necesito… Te lo voy a decir. Te juro que lo haré. Sólo necesito volver a encontrarte.

14 de noviembre
No sé cuál sea el lugar al que sueles ir los lunes, pero sé que estamos a mediados de noviembre, y que ninguna escuela ni empresa tiene vacaciones todavía. ¡¿Dónde estás?! Por favor, no me hagas esto. Necesito saber de ti, necesito saber que estás bien, necesito explicarte todo… Vuelve, te lo ruego. Vuelve…

28 de noviembre
Hace más de un mes que no te veo. No te escribo todos los días, pero sí te pienso. Me has hecho sentir cada emoción posible en este autobús. Ya ni siquiera siento que soy yo. Cada noche he estado haciendo algo que jamás creí hacer: orar. He estado orando por ti, para que sea cual sea la fuerza superior que controle al mundo, te esté cuidando, y te traiga de vuelta a mí.

Subo al autobús y de nuevo me invade tu ausencia. Camino por el pasillo sintiéndome perdido, y me tomo la libertad de hacer lo que nadie nunca ha hecho, al menos en mi presencia: tomo tu asiento. Me siento en ese espacio que hiciste tan tuyo, desde el que tantas veces te vi pensar, te vi reír… te vi invitarme a estar ahí, a tu lado.

Cubro mi rostro con mi chamarra y comienzo a llorar con una intensidad que tenía mucho tiempo sin experimentar.

12 de diciembre
Es el inicio de la última semana de clases del semestre. El espíritu navideño ya se respira por doquier, y el frío se hace más presente que nunca.

Mi mochila se siente liviana. Finalmente, la carga de trabajo terminó, y el ciclo escolar llegó a esos días en los que los alumnos vamos únicamente a recibir indicaciones finales.

Espero el autobús en una parada ya casi vacía y, cuando llega, lo abordo. Subo, pago al conductor y comienzo a caminar por el pasillo, viendo mi asiento. Estoy enfocado en eso, cuando alcanzo a vislumbrar algo a la izquierda, dentro de mi perspectiva.

Me detengo en seco. No creo que sea posible… ¿o sí? Paso saliva, respiro profundamente, y volteo hacia el asiento que está al lado del mío, pasando el pasillo. El autobús comienza a avanzar y yo agarro uno de los tubos del techo para no caerme, porque estoy perdiendo el control… porque estás ahí.

Miras tu celular, sonriendo gracias a algo que estás leyendo en él. Recuerdo la promesa que me hice, y camino firmemente a mi lugar, decidido a aprovechar la oportunidad y al fin reparar todo. Siento que mi corazón va a estallar y comienzo a sudar, pero no me importa.

El asiento junto a ti está ocupado, así que me propongo sentarme en el mío, y estirar mi brazo por el pasillo para tocar tu hombro, y ahora yo ofrecerte el lugar junto a mí. Por favor, acepta mi propuesta. Ven, por favor…

Me siento, y te miro. Realmente estás ahí. Te ves muy diferente a como te recordaba. Ahora luces más feliz, más plena… No parece haber rastro de aquella chica cabizbaja que conocí meses atrás.

Comienzo a estirar mi brazo en tu dirección, pero un sonido me detiene. Es tu risa. ¡Te estás riendo mientras ves tu celular! Por primera vez te escucho, y reconozco que me encanta. Jamás te había oído, pero tu presencia y la emoción que me provoca tu risa me confirman que te extrañaba. Te extrañaba mucho, y lo lamento. De verdad te necesito.

Con una sonrisa en el rostro, comienzo a estirar mi brazo nuevamente. Lo acerco a ti, hasta que descubro que tu risa no la está ocasionando algo que lees en tu celular, y que el chico que va a tu lado no es un extraño, sino que viene contigo. Mientras te ríes, él rodea tu cuello con su brazo, acerca su rostro al tuyo, y besa tus labios. Tú acaricias su mejilla, y permaneces clavando tus ojos en los suyos. Le das esa mirada tan dulce, esa misma mirada que me dirigiste tantas veces y que iluminó tantos de mis días.

El camino me parece eterno. La ansiedad se apodera de mí. Intento mirar por mi ventana para distraerme, pero no funciona. Saco mi libro e intento leerlo, pero no comprendo nada. Escucho música, pero las melodías suenan lentas y tengo ganas de romper mis audífonos. Intento contenerme, pero es muy complicado. Siento que voy a estallar.

Mi universidad finalmente aparece ante mi vista y, mirando el piso, me levanto y pido la parada. Bajo del autobús y comienzo a correr a toda velocidad, sintiendo las lágrimas derramarse por mis mejillas. Tengo muchas ganas de gritar y siento cómo todos los alumnos que pasan a mi lado me observan y me juzgan. Sigo corriendo hasta llegar a un baño, y me encierro en un cubículo. Lanzo mi mochila a una esquina, me siento en el piso, y sollozo sin parar. Lloro, golpeo la pared y me reclamo por ser un cobarde.

Permanezco ahí durante dos horas, por lo que pierdo mi primera clase. Cuando salgo, lavo mi cara. Camino para tomar un poco de aire, y cuando llego al salón, le pregunto a mi amigo si todavía está vigente su oferta de pasar en su auto por mí todas las mañanas, a partir del siguiente semestre.

Imagen: chuddlesworth en Flickr

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