Palomita


Historia recomendada para mayores de 13 años

—¡Voy a ir!

—¡No vas a ir!

—¡Que sí voy a ir!

—¡Tú no vas a ningún lado!

—¡¿O qué?! —grité con toda la fuerza de mi interior, justo antes de que el terror invadiera mis ojos, pues vi cómo mi papá levantaba la mano rápidamente, dispuesto a darme la bofetada de mi vida.

—¡Basta! —intervino mi mamá, para mi suerte—. ¡No le pegues! ¡Ya hemos hablado de esto!

—¡Tú no te metas! Esto es tu culpa también. Tú le pones esas ideas en la cabeza y le das cuerda para que haga cosas que no llevan a ningún lado. ¡Ahora resulta que la niña está yendo a clases de ballet sin que yo lo sepa! Que mientras yo creo que está en la universidad estudiando Medicina, en realidad está en una academia bailando a mis espaldas. Perdiendo el tiempo con esas tonterías. ¡Pero esperen! ¡Falta el colmo! La niña hoy tiene examen de fisiología, ¡y no puede ir porque tiene que ensayar! ¡¿Cómo la ven?!

—Ya te dije que es la única vez que no puedo… Mañana tenemos una presentación en el teatro del pueblo, y ahí van a estar personas del gobierno para vernos, y se llevarán a los tres mejores a la capital para estudiar danza allá. Papá, por favor, es mi sueño…

—¿Y crees que me importa tu sueño? Mi sueño es que hagas lo que estás haciendo: estudiar Medicina. Punto. ¡Estás en un pueblo, caray! Aquí no se llega a ningún lugar bailando. Se trabaja como Dios manda y así nos ganamos el pan. Así que lo voy a decir por última vez: me dejas esas tonterías de niña bonita y te pones a estudiar para tu examen, porque vas a ir. Y es lo último que diré.

—Pero, papá…

—¡Cállate! —me gritó, levantando el brazo otra vez y haciéndome caer al suelo del miedo. Mi papá casi nunca me golpeaba, pero muchas veces amenazaba con hacerlo, y su voz firme y su inminente fuerza eran más que suficientes para aterrorizarme. Además, lo que sí hacía en ocasiones era insultarme, y esas palabras podían doler más que cualquier golpe.

Mientras él se iba, seguramente a reprimir a mi mamá, me quedé en el suelo y comencé a llorar.

Tenía más de un año en la academia de danza. Me había unido a ella después de pasar largas horas tras la ventana de cristal que había ahí, observando cómo bailaban todas, sutil y elegantemente, moviendo sus pies y sus manos al mismo ritmo. Me llenaban de paz, de alegría. Yo quería ser como ellas.

Todos los sueños deben tener algún precio, y en mi caso, era el hambre. Guardé, durante un tiempo, el dinero que mi papá me daba para la universidad, y no comí. Estuve ayunando hasta que ahorré lo suficiente para pagar algunas mensualidades en la academia, y luego fui a inscribirme, inventándole a mi papá que debía quedarme horas extra en la facultad para estudiar unos cursos.

La excusa era perfecta. Todo lo que tuviera que ver con Medicina lo emocionaba. Yo era su sueño, su esperanza. Desde mi niñez había intentado meterme en la cabeza la idea de que yo debía estudiar esa carrera. Que yo sería alguien grande, alguien con renombre. Que mi inteligencia me haría descubrir cosas, que mi trabajo me daría buenas ganancias, y que con ellas finalmente mi familia y yo podríamos salir de este pueblo sin futuro.

Ese era su sueño, y ese era el plan. Hasta que crecí, y me di cuenta de que no era lo que yo quería. Me iba bien en la escuela, tenía perfectas calificaciones, y todos decían que yo era inteligente. Pero no me sentía bien. No me gustaba nada lo que estaba haciendo. No sentía pasión. Mi pasión estaba en el baile, en el escenario. Y debo ser una persona muy ingenua, porque alguna vez llegué a creer que él podría entender esto por tratarse de mi felicidad.

Pero no. Aquel día, al reunir valor para decirle entre lágrimas lo que yo quería ser, lo único que me gané fue un golpe y un montón de insultos que jamás podré olvidar.

No sé cuánto tiempo llevaba recordando estas cosas, pero cuando me di cuenta, seguía en el piso, llorando y sintiendo mis labios temblar. Me levanté lentamente y me dirigí a mi habitación para tomar mi mochila y ponerme mi bata. Siempre odiaba este momento del día, pues me veía en el espejo con una especie de disfraz que no se parecía en nada a lo que yo quería usar.

Caminé hacia la puerta, y al girar la perilla, vi a mi papá pasar detrás de mí. Se detuvo por un instante y me vio fijamente. Parecía como si estuviera supervisando que en realidad me dirigiera a la escuela y no a la academia. Pretendí que no lo vi, y salí de mi casa. El aire frío llegó a mi rostro, haciéndome sentir helada la lágrima que seguía bajo mi ojo.

—Buenos días, mi palomita —me saludó una vecina, usando ese apodo con el que hacía alusión a la vestimenta blanca que yo llevaba.

—Buenos días —le respondí fingiendo una sonrisa, y seguí caminando.

Llegué a la estación del tren un rato después. Vi la hora en el gran reloj de la entrada, y al darme cuenta de que me estaba quedando sin tiempo, me apresuré a entrar a un baño. Me encerré en un cubículo, saqué de mi mochila mi ropa de ballet, y me quité la bata. Me cambié tan rápido como pude, salí corriendo y alcancé a entrar al tren justo antes de que las puertas se cerraran detrás de mí.

Todo el camino tuve miedo. Intentaba no pensar en eso, pero era inevitable saber que mi papá podría descubrir que no había ido a presentar mi examen. Y si se daba cuenta de eso, no sé qué podría pasar…

Pasaron cuatro estaciones, bajé del tren y fui a la academia. Todas las chicas ya estaban ahí, listas para comenzar el último ensayo. El nerviosismo se podía notar en todas, pues no se trataba solamente de vernos bien en la presentación del día siguiente. Esta vez, podía ser que nuestro futuro también estuviera en juego.

Yo era quien menos tiempo tenía ahí, pero con mi esfuerzo de todos los días, los ensayos secretos dentro de mi habitación, y lo que la profesora llamaba un «talento nato», logré obtener el protagónico para la obra después de sólo unos meses.

Ensayamos durante cinco horas. Mientras más pasaba el tiempo, más dolía todo, pero también aumentaba la perfección. Al final de la jornada se veía en las sonrisas cómo cada persona estaba segura de que la presentación sería un éxito.

Nos sentamos a beber agua, con el sudor corriéndonos sin parar. Platicaba con ellas de cosas triviales, pues aunque me llevaba bien con todas, no consideraba aún una amiga a ninguna. Además, eso era bueno para ellas, pues de lo contrario significaría que deberían escuchar mis dramas y verme llorar todos los días. No sé cómo lo hacía, pero por más que a veces sintiera que la garganta me iba a estallar y no podría contener el llanto, yo parecía una roca. Nadie ahí había visto nunca mi debilidad, ni se imaginaba todo lo que había tras mi historia.

Estábamos hablando sobre los vestuarios que usaríamos, cuando miré hacia la ventana y vi pasar al chico de las sonrisas. Lo llamaba así porque no sabía su nombre, ni de dónde había salido. Lo único que sabía es que un día mientras bailaba, yo había sentido una mirada sobre mí. Y que esa mirada había vuelto al día siguiente, y al siguiente, y al día después de ese. Y que esa mirada sólo me veía a mí, y no a ninguna de las demás. Él se quedaba viéndome bailar detrás del cristal: el mismo cristal por el que yo me había enamorado de la danza un tiempo atrás.

El hecho de que se fijara en mí me movía un sentimiento que me motivaba a esforzarme más. Él era una especie de público, que estaba presente todos los días. A veces yo también lo miraba, y cuando él me atrapaba haciéndolo, parecía que teníamos largas y profundas conversaciones a través de sonrisas divididas por la ventana.

Sin embargo, el chico de las sonrisas era otro de mis secretos. Si mi papá estaba por matarme cuando se enteró que yo bailaba, no quería imaginar su reacción si llegara a pensar que además de eso, tenía novio.

Cuando volví a casa, mi papá no estaba, y eso me dio un gran alivio. Había ido a tomar con uno de sus amigos, por lo que de seguro llegaría ebrio y listo para gritarme cualquier cantidad de cosas. Sería mejor si me iba a dormir antes.

Pasé por la habitación de mis padres, y vi a mi mamá doblando la ropa sobre su cama. Entré a ayudarle.

—Hola, mamá. ¿Necesitas ayuda?

—Hola, mi palomita —me dijo graciosamente—.

—¿Tú también con eso? —le sonreí, y comencé a doblar las blusas—.

—Si te pregunto algo, ¿me prometes que me dices la verdad?

—Sabes que sería incapaz de mentirte —le respondí—.

—Hoy no fuiste a hacer ese examen, ¿verdad? —me preguntó mirándome directo a los ojos.

—¿Cómo lo sabes? —le dije con un escalofrío recorriendo mi interior—. ¿Mi papá lo sabe también? ¡¿Quién les dijo?!

—No, no… Cálmate. Él no lo sabe. Pero una madre siempre se da cuenta de todo.

Comenzó a acariciar mi cabello con suavidad, y de nuevo, me eché a llorar en sus brazos. A veces sentía que ella era la única persona en el mundo que me entendía por completo, y que quería a la versión real de mí. La quería tanto… Cada vez que pensaba en renunciar, ella era lo que me detenía. Era mi motor, mi fuerza… Mi hombro para llorar.

—Mañana es la presentación, mamá —le dije con la voz entrecortada—. Y me gustaría mucho que estuvieras ahí. He practicado, me gané el protagónico… Esto es muy importante para mí, y me haría muy feliz verte. Sentir que estás orgullosa. Y es difícil, ¿sabes? Porque por un lado me lleno de emoción, pero por otro tengo mucho miedo de que él descubra esto… A veces no sé qué hacer, no sé…

El llanto cortó mis palabras, así que sólo la abracé, y la vi llorar conmigo. Siempre habíamos tenido una relación cercana, pero ese día algo cambió. Algo que la mejoró para siempre.

—Mañana voy a estar ahí. Te lo prometo —me dijo, y el sueño se apoderó de mí entre sus brazos—.

El día siguiente amaneció con un sol en todo su esplendor. Era sábado por la mañana. Día de la presentación. Día de la incertidumbre.

Todo mi vestuario estaba perfectamente escondido en mi clóset. Lo saqué con cuidado, y lo guardé en una mochila grande que me iba a llevar al teatro. El plan era que mi mamá dijera que tenía una cita médica esa tarde, y que yo le apartara un lugar en la audiencia.

Desayuné y me duché con prisa, tomé todas mis cosas y me dispuse a salir de mi habitación. Me detuve por un momento, pues mi corazón latía muy fuerte y me decía que algo podía salir mal y arruinarlo todo. Respiré hondo, me persigné, y seguí mi camino.

Salí sigilosamente sin ver a nadie en los pasillos de mi casa, así que me dirigí rápido a la puerta. Giré la perilla, rogué porque no se escuchara ningún rechinido, y me dispuse a salir. Todo parecía ir bien, hasta que encontrarme a mi papá en el otro lado de la puerta, con sus llaves en la mano, cambió todo el color de mi rostro.

—¿Se puede saber a dónde vas?

Cada parte de mi cuerpo estaba temblando. Sentí que el corazón se me saldría por cualquier lado, y que mi cara debía estar roja como un tomate.

—Yo… tengo que estudiar con unas amigas de la escuela. El viernes tendremos otro examen.

—Debe ser un examen pesado, porque mira el tamaño de la mochila que llevas… ¿Qué tanto hay ahí?

—Son… son cosas que necesitamos para estudiar.

—¿Cosas? Interesante… ¿Por qué no me dejas ver de qué cosas hablamos? —me dijo, estirando sus manos para abrir mi mochila.

—No… —me hice a un lado—, son instrumentos algo frágiles, no quiero que se vayan a romper. No son míos…

—Abre tu mochila.

—No puedo… —me temblaba la voz—.

—¡Abre tu maldita mochila y déjame ver qué llevas ahí! —me gritó como si quisiera que toda la calle lo escuchara—.

—¡Carlos! —le gritó mi mamá desde adentro de la casa—, ¡por favor! Deja de hacer un escándalo.

—Tú estás apoyando esto, ¿verdad? ¿Crees que no recuerdo que dijo que hoy era la presentación esa? Creí que había quedado claro que no va a ir.

—¡¿Pero por qué no?! —le pregunté con los ojos llorosos—. Por favor, papá… Esto significa mucho para mí.

—¡Ya te dije que no me importa! ¡No vas a hacer esas cosas de niña bonita! ¡No mientras yo lo pueda impedir!

—Papá, voy a ir…

—¡¿No escuchas o qué?! No vas a ir, he dicho.

Nunca sabré de dónde tomé valor para gritarle ese día.

—¡Voy a ir porque me he esforzado y porque esto es lo que yo quiero ser! ¡El que tú no hayas logrado lo que querías en la vida no significa que yo deba hacerlo! ¡Yo tengo mi propio sueño, maldita sea!

—¡A mí no me vas a hablar así! Y te advierto una cosa: ¿quieres ir a tu eventito ese? ¡Ve! ¡Lárgate! Pero si vas, no vuelves a poner un pie en esta casa. Y de eso yo me encargo —advirtió, mirando a mi mamá también—.

Me quedé de pie, inmóvil, por un momento, con muchas dudas rondando mi mente y con el tiempo encima para tomar cualquier decisión. Comencé a llorar otra vez, pero tomé valor, apreté mi mochila contra mi espalda, y me eché a correr dejando a mi casa atrás.

Intentaba no pensar en lo que estaba haciendo. Cada paso me alejaba más de mi pasado y me llevaba al incierto futuro que estaba por definir. Lloraba sin parar, pero me daba cuenta de que también, por primera vez en la vida, estaba siendo valiente y siguiendo lo que yo quería ser. Y eso nadie me lo podía quitar.

Me dormí en el tren, por lo que el camino se sintió mucho más corto. Desperté con los ojos hinchados y me dirigí a la entrada del teatro. Faltaban tres horas para la función, pero el tiempo se pasó volando. Últimos repasos, vestuario, maquillaje… Todo estaba listo para comenzar.

La audiencia fue llegando poco a poco, y a pesar de que, increíblemente el lugar se estaba llenando, los ojos de todos estaban sobre las tres mujeres sentadas en el centro de la primera fila: las encargadas de definir quiénes serían las personas seleccionadas para ir a la capital.

Asomé mi cabeza por un lado del telón para buscar a mi mamá, pero algo me decía que era inútil. No sabía qué había pasado en mi casa, pero supuse que no habría podido venir. Y, en el fondo, temía por ella. No quería que mi papá pensara que ella me había inducido a venir aquí ni nada por el estilo. No me perdonaría si él le hacía algo por mi culpa.

Otro miedo latente era el peor acontecimiento que podría darse: que mi papá apareciera. Pero en cuanto esa idea me llegó, intenté desecharla, pues nada podía distraerme en ese momento. Tenía que lucirme.

La función comenzó. La presidenta municipal tomó el micrófono para presentarnos, las luces se apagaron, y el telón se abrió.

Bailamos durante hora y media, aproximadamente. No sentí miedo, no sentí nervios, no sentí nada… Sólo incertidumbre. Con cada paso intentaba demostrar que había nacido para eso, que ese era mi camino… Pero en el fondo yo sabía que si no resultaba serlo, me había quedado sin un camino que seguir.

La obra fue maravillosa. Todo salió perfecto. Bailé mi solo incluso mejor que en los ensayos y recibí una ovación de pie, que por primera vez en mucho tiempo me sacó lágrimas de felicidad.

Durante los días previos a la obra, todas las bocas sólo hablaban del miedo a caerse, a olvidarse de algún paso, a alguna falla en el vestuario. Pero no pasó nada de eso. Todo se confabuló para que saliera tal como lo habíamos planeado. Se podía notar la alegría que invadía a cada persona en el escenario.

Al finalizar la obra, nos ovacionaron de pie, otra vez. Presentaron a cada integrante de la academia, y cuando fue mi turno, el lugar se llenó de gritos y aplausos. Una vez más, sentí las lágrimas recorrer mi rostro por la alegría. Lo había logrado. Todo había valido la pena.

Busqué entre el público, y en la segunda fila vi que el chico de las sonrisas aplaudía por mí. Me sentí aún mejor, y me hizo una señal para que lo buscara una vez que bajara del escenario.

Moví mi cabeza hacia todas partes y, al final de una de las filas centrales, la encontré. Mi mamá estaba ahí. Qué había pasado o cómo lo había logrado, no lo sé. Pero ahí estaba. Aplaudiendo. Sonriendo como nunca la había visto. Por primera vez en años, sentí como si todo estuviera completo.

Pero eso fue efímero, porque entre los aplausos pude escuchar cómo uno de los portones del teatro se cerraba con fuerza, gracias a que mi papá iba entrando envuelto en furia.

Salí a toda velocidad del escenario, y mi mamá debe haber visto mi cara de susto, porque abandonó su asiento y fue tras de mí a la zona de camerinos.

La tomé de la mano, y corrimos hacia la salida. Mientras lo hacíamos, pude notar un moretón en su brazo. Había intentado cubrirlo con su blusa, pero una parte de él lograba asomarse. Un escalofrío me recorrió.

—¿A dónde vamos, mamá?

—A donde sea, pero nos vamos de aquí.

Tomamos un taxi afuera del teatro, y partimos.

Quién diría que exactamente una semana después, el siguiente sábado, estaríamos dentro de otro taxi, pero esta vez con destino al aeropuerto, para ir a la capital.

Poco tiempo después me enteré, gracias a una compañera de la academia, que al finalizar la función, las encargadas de elegir quiénes ganaban el premio preguntaron por mí, y les avisaron que había tenido que irme por una emergencia familiar. Al buscar mi nombre, se dieron cuenta de que nadie sabía mi apellido. Nadie excepto un señor que apareció entre el público con un rostro furioso, y que se acercó a decirles:

—El protagonista de la obra se llama Manuel Rodríguez. Es mi hijo. O más bien, lo era.

Nunca volví a ver a mi papá.

Imagen: Kryziz Bonny en Flickr

También podrían gustarte:

Historias

3 comentarios:

  1. Hola! Me ha gustado mucho, muchas gracias por compartirlo.

    Un saludo!

    ResponderEliminar
  2. Oooh, que sorprendente final.

    ResponderEliminar
  3. hola jett!te habiamos perdido la pista, un placer reencontrarte. abrazosbuhos y nos ponemos al dia!

    ResponderEliminar

Los comentarios son aprobados antes de aparecer aquí, por lo que es probable que pasen unos minutos antes de que puedas ver el tuyo. Por favor, en el caso de las historias, no menciones qué sucede en sus finales, por respeto a las personas que no las han leído. ¡Gracias por participar!

FancyTheme

Descripción del autor