Hay un fantasma en mi mano


Historia recomendada para mayores de 13 años

Daniela tenía la pelota en sus manos y corría a toda velocidad, alrededor de la pequeña piscina inflable que habían instalado en el centro del jardín. Su mamá la miraba con una sonrisa en el rostro, contemplando su pequeño cuerpo envuelto en alegría por algo tan sencillo como un juego.

—¡A que no puedes quitármela! —gritó, saltando de un lado para otro para intentar que su mamá no adivinara hacia dónde correría.

La pequeña comenzó a correr hacia la izquierda, pero su mamá fue más lista que ella y acortó el camino entrando a la piscina y tomando a su hija por el otro extremo, cayendo las dos al agua en medio de risas.

—Te quiero mucho, mami —dijo Daniela apoyando su cabeza en el pecho de su mamá.

—Y yo a ti, Dani —le respondió con un pequeño nudo en la garganta por el inesperado comentario.

Daniela se acercó a la mejilla de su mamá y le dio un pequeño beso mientras ella le acariciaba el cabello.

—Mami, ¿por qué siempre hueles rico?

—No soy yo, ¡es mi perfume de vainilla! ¿Te gusta? —preguntó a su hija, la cual asintió. —¿Por qué no entramos a la casa, nos duchamos y comemos? Después de ducharte te puedo poner un poco de mi perfume, ¡y así vamos a oler rico las dos!

—¡Sí! —gritó Daniela levantando los brazos y esparciendo el agua hacia el pasto. —¡Vamos ya!

Madre e hija salieron de la piscina y tomadas de la mano emprendieron el camino a la puerta trasera.

Entonces, Daniela despertó.

—¡Papá! ¡Papá! ¡Corre! —gritó frenéticamente, encendiendo su lamparita de mesa y ensimismándose en la esquina de su colchón, con una sábana encima. —Por favor, ¡papá! —elevó la voz, entrecortada, con lágrimas bajando por toda su cara.

Su papá abrió de golpe la puerta de su habitación, y con el interruptor de la pared, encendió la luz. Su rostro reflejaba el susto que cualquiera se llevaría al ser despertado con gritos a las tres y media de la mañana.

—¡¿Qué pasó?! ¡¿Qué tienes?! —preguntó exasperado.

—¡Está aquí otra vez! ¡El fantasma!

—¡Daniela! —gritó con alivio por no estar ante una situación de peligro, pero también con coraje porque su hija lo hubiera despertado para nada. —¡¿Otra vez con eso?! ¡Tienes dieciséis! ¿No crees que ya estás grandecita para estas cosas?

—Papá… te juro que es verdad —intentaba explicar—. Siempre que está aquí es lo mismo: estoy durmiendo y de repente siento que me tocan la mano, primero suavemente pero después con más firmeza. Esa sensación sube hasta mi antebrazo, y luego baja de nuevo a mi mano. Y al final, me la aprieta. Cuando siento el apretón me despierto y puedo sentir cómo unos dedos me sueltan. Y varias veces he visto a una sombra irse de mi cama y salir por la ventana.

Su papá la miraba confundido, pero las lágrimas y el terror de sus ojos le indicaban que algo estaba mal. Se sentó en su cama junto a ella e intentó tranquilizarla un poco.

—Daniela… —le limpió las lágrimas suavemente—. No existen los fantasmas, hija. Todo está en tu imaginación. Seguramente cada que crees verlo, sólo estás teniendo pesadillas. Esa es la única verdad aquí.

—¡No, papá! ¡Yo lo siento! Me aprieta la mano y me despierta, y pasa varias veces a la semana. ¡Tienes que creerme! Por favor —comenzó a llorar de nuevo—, no estoy loca… Tú me tienes que creer.

Levantó frente a sus ojos la mano que el fantasma le había tocado y permaneció un momento apreciándola con terror.

—Estaba soñando con mamá… con una vez que jugamos en la piscina que había en el patio, cuando era niña.

Su papá respiró profundamente.

—También la extraño. Mucho. La casa no es la misma desde que se nos fue, y aunque han pasado años y sigan pasando, nunca será igual.

—O sea que ahora el fantasma no sólo me toca mientras duermo, ¡también me interrumpe cuando por fin sueño con ella! Tú sabes que casi nunca la veo en sueños. Y el otro día que tenía que descansar para un examen, me despertó dos veces y me quedé dormida en la mañana por el cansancio. Ya no aguanto, papá. No sé qué hacer…

—Todo va a estar bien, hija. Te lo prometo. Mira… Mañana salgo temprano del trabajo, ¿qué te parece si nos damos una vuelta y preguntamos por algún psicólogo que te ayude con esto? Tener sueños feos es normal, pero cuando los tenemos muy seguido podemos necesitar un poquito de ayuda para que se vayan. Me han dicho de un terapeuta muy bueno, podríamos ir y…

—¡No! —lo interrumpió con un grito—. ¡Sí crees que estoy loca! ¡Eres mi papá y no me crees!

—Yo no dije eso, Dani…

—¡Vete! —le ordenó entre gritos y sollozos—. ¡Vete de aquí! ¡Cuando me haga algo peor que tocarme la mano me vas a creer!

—Hija…

—¡Lárgate! —lo empujó fuera de su cama.

Su papá se levantó lentamente y, sin saber qué hacer, prefirió darle un tiempo y volver a dormir. Daniela, por el contrario, se quedó dentro de la pequeña cueva que había hecho con una sábana, y permaneció despierta el resto de la noche.



Un par de días después, Daniela invitó a varias amigas a comer a su casa para hacer un proyecto. Después de pasar horas en la sala escribiendo sobre cartulinas, lograron terminar.

—Te ayudamos a recoger, Dani —le dijo Carla, una de sus amigas.

—No se preocupen, casi no es nada. Yo lo hago. Ustedes váyanse para que no se les haga muy tarde. Además, parece que no tarda en llover. Sólo, ¿me ayudan a llevar los trastes a la cocina? Yo mientras comienzo a lavar los que ya están allá.

Daniela se dirigió a la cocina y comenzó a lavar los platos sucios del fregadero. Pasado un minuto, escuchó pasos dirigirse hacia ella.

—Ya casi termino, Carla. Si quieres dámelos para que se vayan yendo —le dijo a su amiga, estirando uno de sus brazos hacia atrás para recibir los trastes.

Estuvo con el brazo estirado un par de segundos, mientras con el otro seguía tallando, pero no le entregaban los platos sucios. Comenzó a sentir cansado el brazo cuando al fin sintió la mano de su amiga posarse sobre la suya, pero en lugar de darle los trastes, se la acarició suavemente, apretando uno de sus dedos y subiendo por su palma y su antebrazo.

—Carla —le dijo entre una pequeña risa—, es en serio, ¡dámelos! Después las van a regañar si llegan mojadas a sus casas.

Juntó sus manos formando un pequeño recipiente y dejó que el agua cayera sobre ellas. Cuando las tuvo llenas, giró su cuerpo para sorprender a Carla y lanzarle el agua en la cara, pero resultó siendo ella misma la sorprendida, pues el agua atravesó el aire y cayó al piso. Carla no estaba ahí.

El color de la piel de Daniela se hizo un poco más blanco al ver a una sombra moviéndose junto al agua en el piso y esfumándose rápidamente hacia la escalera de su casa. El plato que cargaba cayó sobre ese charco, y se hizo mil pedazos.



Las semanas pasaron mientras Daniela perdía poco a poco la tranquilidad. A pesar de que en ocasiones los periodos que tardaba el fantasma en aparecerle se volvían largos, siempre vivía en la incertidumbre de dónde pudiera toparse con él. Sólo había una cosa que sabía con certeza: el fantasma había salido de su habitación.

Un viernes, después de pasar nueve horas en la escuela caminó bajo el intenso calor hacia su casa. Llegó antes que su papá, lanzó su mochila a su cama, tomó ropa limpia y entró al baño a ducharse.

El calor que azotaba la ciudad hacía que la palanca de agua fría sólo produjera caliente, por lo que se apresuró lo más que pudo para no estar bajo ese infierno por mucho tiempo. Con los ojos cerrados, se estaba quitando el champú del cabello a toda velocidad. Tocó la pared y fue guiando su mano hacia todas partes intentando encontrar la jabonera, y cuando lo logró, se dispuso a tomar el jabón, pero éste cayó al piso.

Aún con la cara llena de espuma, Daniela se agachó un poco para intentar levantar el jabón del suelo. Con la mano estirada hacia abajo, trató de sentirlo en algún momento, hasta que lo consiguió. La resbaladiza sensación llegó a su mano, pero Daniela se dio cuenta de que el jabón parecía demasiado firme para que ella lo tomara. Era como si estuviera sostenido en el aire. O mejor dicho, como si alguien se lo estuviera entregando.

Tragó saliva e intentó controlar el temblor que ya se apoderaba de sus piernas desnudas. Ya no había nada de champú en su cabeza, pero tenía mucho miedo para abrir los ojos, sobre todo porque en ese instante percibió la sensación que para ella ya era peculiar: una mano comenzando a acariciar la suya, dedo por dedo, suavemente, hasta pasear por su palma y todo su antebrazo.

Daniela comenzó a sollozar y sentía que podía oír los latidos de su corazón. Aquella mano continuó acariciando la suya, hasta que poco a poco, introdujo sus dedos en los de ella, apretándola fuertemente. Al sentirse prisionera de lo desconocido, Daniela gritó lo más fuerte que pudo, abrió los ojos mirando hacia la pared, localizó el frasco de champú, lo tomó, y lo lanzó fuertemente hacia atrás, donde se encontraba el ser que la estaba tomando.

Al ir el frasco en el aire, Daniela sintió cómo su mano se liberaba, y tomando todo el valor que le fuera posible, giró su cuerpo completamente para ver qué era lo que la perseguía. El intento, sin embargo, había sido en vano. Cualquiera que hubiera sido esa presencia había desaparecido, y el frasco sólo había rebotado en la puerta de baño para después caer al piso, roto.

Lo único que había quedado de aquello era una escritura en letras gigantes que cubría todo el vapor que estaba en las puertas de cristal de la ducha. Con las manos en el rostro por la impresión y el terror, y sin comprender cómo pudo haber escrito eso tan rápido, Daniela se quedó pasmada mirando el mensaje por un buen rato: «¿Tienes miedo, Dani?».



—¡Papá! ¡Papá! —gritó Daniela varias noches después, cubriendo su cabeza con su almohada y derramando sus lágrimas sobre las sábanas.

Tenía varios días sin dormir. Su papá le notaba unas ojeras cada vez más grandes, y de la escuela le habían enviado un par de reportes informándole que su hija había estado demasiado distraída, además de que la consejera escolar temía que estuviera desarrollando un delirio de persecución.

Entró corriendo a la habitación de su hija y la vio desconsolada, como ya era costumbre. Sintió su corazón partirse a la mitad al no saber qué hacer y al ver cómo su única hija estaba perdiendo la cordura.

—¡Está aquí! ¡Está aquí! ¡Tienes que hacer algo! —le gritó Daniela entre sollozos.

—Dani, hija… No hay nadie aquí. Tienes que calmarte, por favor… —le respondió su papá, pero tuvo que detenerse pues el llanto se apoderó de él también, a pesar de que intentaba hacer lo mejor para no mostrar su preocupación por ella.

Daniela lloraba sin control, e incluso entre la oscuridad de la noche se podía apreciar cómo su piel lucía sin color. Cómo sus ojos habían perdido todo el brillo. Cómo el panorama lucía tan desgarrador.

—¿Qué hago por ti, hija? —dijo su papá con la voz entrecortada. —Dime y lo haré, lo que sea…

—¡Mira! —le gritó ella, señalando el espejo de su tocador.

Todos los labiales y cepillos que ella tenía ahí estaban regados por el suelo, como si una enorme ráfaga de aire hubiera salido de la nada sólo a atacar ese único espacio de la habitación. En el mueble restaba un único labial de pie, justo en el centro, destapado.

Al mirar el espejo, su papá se dio cuenta de por qué no tenía tapa. Se había usado para escribir una palabra en letras enormes en el espejo: «Dani».

Él permaneció de pie, inmóvil, sintiendo un enorme peso en la espalda. No sabía qué hacer ni cómo reaccionar. Sentía cada emoción existente al mismo tiempo, rodeándole la cabeza, gritándole que debía hacer mil cosas distintas pero también clavándolo al suelo y envolviéndolo en la confusión.

—¡Daniela! —gritó aún con lágrimas en los ojos, pero con una voz firme que también mostraba su coraje. —¡¿Crees que es gracioso?! ¿Crees que da risa que te estés inventando todo este circo? ¿Por qué mejor no dices qué quieres? ¿Te pasa algo? ¿Alguien te molesta? ¡No puedo ayudarte si no sé qué tienes, hija! ¡Por Dios! No sé, no sé…

Se sentó en la cama justo al lado de su hija, la tomó entre sus brazos, y comenzó a llorar junto a ella. Odiaba mostrar su debilidad, pero la desesperación por no saber qué hacer estaba acabando con él.

Padre e hija lloraban abrazados, cuando escucharon un enorme estruendo que los aturdió y los hizo separarse del susto. Miraron hacia la pared para ver cómo los vidrios de la ventana se partían en mil pedazos y salían disparados hacia el interior de la habitación, seguidos por una corriente de aire helado que entraba a toda velocidad.

—¡¿Qué diablos?! —gritó el papá de Daniela.

—¡Es el fantasma! ¡¿Lo ves?! ¡¿Ves que no estoy loca?! ¡Tenemos que irnos de aquí!

Todas las fotografías colgadas en el cuarto cayeron por el viento, y el suelo se convirtió en un desastre de toda clase de cosas pequeñas tiradas, revueltas y derramadas.

Daniela y su papá miraban hacia todos lados, cuando ella comenzó a apretarle el hombro con fuerza.

—¡Está aquí! ¡Me está tocando la mano!

Su papá miró hacia su brazo, pero no vio nada. Daniela lloraba sin control y se quedaba estática afirmando que algo la tocaba, pero en su mano no había nada. Tras un par de segundos, pudo reaccionar y jaló su mano hacia atrás, librándose de aquel ser.

—¡Vámonos, papá! ¡Por favor! ¡Consigamos otra casa lejos de aquí!

Su papá la tomó del brazo con rapidez con la intención de salir corriendo con ella, pero al levantarse de la cama, la sensación de un brazo deteniéndolo lo paró en seco, tirándolo sobre el colchón nuevamente.

—¡¿Qué diablos eres?! ¡¿Qué quieres de nosotros?! ¡Deja a mi hija en paz! —gritó al aire.

Estaba a punto de levantarse de nuevo, cuando un escalofrío recorrió todo su cuerpo y la sensación de una mano acariciándolo comenzó a hacerse presente en los vellos de su brazo.

—¡Suéltame! —gritó, moviendo su brazo hacia otro lado. —Te lo advierto, ¡lárgate de aquí!

—¡Papá! —gritó Daniela a su lado, con la mano levantada al aire como si alguien estuviera sosteniéndosela.

Él intentó lanzarse encima de donde debería estar aquel ser, pero una fuerza lo detuvo otra vez y lo lanzó al lado de su hija. Al caer, volvió a sentir cómo una mano tomaba la suya.

—¡Que me sueltes!

—Papá, nos tiene a los dos… —dijo Daniela con un tono de voz que implicaba la derrota.

—¡¿Qué quieres de nosotros?!

La gran ráfaga de aire paró en seco, y la temperatura de la habitación subió drásticamente. El silencio apareció después de mucho tiempo de caos.

El papá de Daniela la miraba con tristeza e impotencia, pero entró en confusión cuando, de la nada, su hija comenzó a llorar aún más fuerte que antes, con una pequeña diferencia: también estaba sonriendo.

—¡Dani! ¡¿Qué tienes?!

—Papá… —dijo con pausa—, todo este tiempo…

—¡¿Qué?!

Su papá inhaló profundamente. Un escalofrío llenó su garganta, y poco a poco provocó el llanto de nuevo. Aquella mano los seguía tomando a ambos, pero ahora él colocó también su otra mano encima de la de aquel ser, envolviéndola con las dos suyas y acariciándola con suavidad.

—Dani…

—¡Sí! —gritó eufórica.

El viento se había calmado y ahora sólo corría una pequeña brisa.

Una pequeña brisa con olor a vainilla.

Imagen: Lauri Heikkinen en Flickr

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5 comentarios:

  1. Buen día Jett!

    No me hizo bien leer esto estando a oscuras. Te odio jajaja.


    Un beso grande

    Nati
    http://khaleesigeek.blogspot.com/

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  2. Lia garcia palaciossábado, julio 30, 2016

    Que emocion!!! Me encanto

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  3. Lia garcia palaciossábado, julio 30, 2016

    Emocionante!!! Un saludo Jett

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  4. Bastante cliché.En algún momento creí en la inexistencia de fantasma,después que todo era delirio de Dani.Me hizo recordar <> de Guy de Maupassant,aunque tu relato "no va para esos rumbos".El final era predecible,y resultó ser como creí.

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  5. Mola, me ha gustado mucho leerlo. Es cierto que uno podía imaginarse que el fantasma sería la mamá, pero que algo sea predecible no quiere decir que no sea bueno ^^

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