Alcanzándote


/ Historia apta para todo público / 

Me encantaba tu aroma. Rodeaba todo mi ser, impregnándolo con esa esencia acogedora, tan linda y tan tuya. Si bien se parecía a la mía, tenía algo peculiar que me enloquecía y me hacía agradecer al cielo el estar ahí, encerrada sólo contigo y con nadie más.

Crecimos juntos. Día tras día te veía hacerte más grande, más fuerte. Siempre hacías el mayor esfuerzo por estar cerca de mí, aunque lógicamente había que estar un poco separados. Me cuidabas, me protegías. Cada mañana me decías lo hermosa que me veía y alababas cualquier detalle nuevo que apareciera en mí.

Era precioso tenerte a mi lado, pero no entendía qué veías en mí. Yo miraba tus raíces, tu cuerpo, tu ser. Y era completamente hermoso. No había ningún detalle que hacerte notar. Yo, en cambio, tenía raíces frágiles. Me sentía débil, torcida, con miedo por no poder crecer como quería. Mis raíces no tenían mucha fuerza y estaban muy desalineadas, pero a ti te parecían perfectas y las contemplabas.

La oscuridad siempre nos invadía. Éramos cómplices, confidentes. Sólo tú y yo. Con el paso del tiempo sentí la luz acercarse cada vez más, lo que conllevaba un mundo nuevo y desconocido al que nuestras vidas entrarían. Y me aterraba. Me aterraba mucho lo que pudiera pasar allá afuera. Pero tú estabas ahí, y eso calmaba todas mis dudas. A tu lado me sentía a salvo. Nada podría pasarme.

Todo era perfecto, y siguió siendo así, hasta que un día me quedé sólo con una parte de ti. Porque te fuiste. Seguías ahí, pero ahora eras un pedazo, algo incompleto. Si bien me habías prometido que siempre me verías en tus adentros y que pensarías en mí, te extrañaba. Me hacía falta verte directamente, sentir tu calma y tu calor. En cierta forma, sin embargo, te tenía, y eso era mejor que nada. Y pronto estaría contigo del todo, como te lo había jurado.

Poco a poco comencé a sentirme más fuerte, y un buen día me sentí pequeña en comparación al espacio en el que estaba. Me dolía partir, pero era algo necesario. La oscuridad fue desapareciendo paulatinamente, y la humedad que tanta tranquilidad me daba ahora se sentía sólo debajo de mí, en mis raíces.

Empecé a recibir extraños rayos, que después supe que se llamaban «colores». Me sentí vulnerable y llena de temor, de no ser suficiente allá afuera, de no poder con ello. Pero intenté no pensar en el momento y comencé a salir, despacio, asomándome lentamente, con toda la precaución del mundo.

Pasaron horas, un par de días… Y salí lo suficientemente bien como para verte. Y tal como lo habías prometido, ahí estabas. Podía observar sólo un pedazo de ti, pero me pude dar cuenta de que tu tronco era más grande y más fornido. Yo siempre lo había imaginado oscuro, pero ahora, al parecer, era lo que todos llamaban «verde». Y no cualquier verde, sino un verde claro, hermoso, que hacía un contraste perfecto con el pasto que yacía a tu alrededor.

Sabía que era cuestión de tiempo, así que esperé, y a los pocos días, al fin estuve sólo un poco debajo de ti, tan cerca como para poder verte directamente otra vez.

No te reconocí. Brillabas. El sol resplandecía sobre ti y tu color inundaba las pupilas de cualquiera que pasaba cerca de nosotros. Tenías dos pequeñas hojas que bailaban lentamente con el viento, frágiles, vulnerables. Y me estremecí. Porque ahí estabas de nuevo, junto a mí, como habías dicho, en ese nuevo mundo que ahora veríamos juntos mientras crecíamos lado a lado. Tenía tu protección, tu fuerza, y te tenía a ti.

Crecías más rápido que yo. El tiempo siguió pasando y cada vez mirábamos la tierra desde más arriba, dejando muy abajo aquellas raíces que alguna vez casi pudimos besar.

Yo no era perfecta. Mis raíces estaban torcidas, no eran como las tuyas. Pero, con el tiempo, esa fue una ventaja. Porque me inclinaba hacia ti, y me emocioné cuando empecé a sentirme más cerca de tus hojas. Una de mis diminutas ramas pasó tiempo acercándose hacia tu ser, hasta que te alcanzó. Y rocé tu rama mientras la mía se deslizó sobre ella, y por un tiempo fuimos uno. Ya no estabas sólo cerca de mí. Estabas en mí. Más cerca de lo que jamás había pensado. Y me llenó de alegría darme cuenta de que eso nada lo podría separar.

Seguí moviéndome mientras tú también lo hacías, y si bien tu peso en ocasiones me levantaba, me hacía mucho bien sentirte ahí, conmigo. Mi rama dio una vuelta rodeando a la tuya, y después siguió su camino natural, de vuelta sobre mi tronco.

Cuando fuimos grandes, formamos un arco. Nuestros troncos estaban juntos, y esa rama juguetona que te rodeó hizo un arco que me introducía en ti y después me devolvía a mi lugar. Y se veía precioso. Los pájaros se paraban sobre nuestro arco, sobre nuestra unión. Comían ahí, dormían ahí.

Y en las mañanas de otoño, cuando soltábamos hojas y llenábamos el suelo de ellas, los enamorados venían a posarse bajo eso que habíamos formado tú y yo. Y se besaban, y se tomaban fotografías ahí. Y mientras se besaban eran uno solo, igual que nosotros. Yo llamaba a eso un arco. Ellos, después supe, lo llamaban «amor».

Imagen: Juan Salmoral en Flickr

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5 comentarios:

  1. Hola! Que historia más bonita, me ha encantado. Escribes muy bien!

    Un saludo!

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  2. Me ha encantado. Que manera de escribir tan bonita tienes, de verdad. Hacía mucho tiempo que no leía algo así, inspirador y que me llenara cada una de las palabras que hay escritas en el texto.
    Te felicito, porque esto es arte, y se te da fenomenal.

    ¡Un besito!

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  3. Wow, no sé qué decir, sencillamente perfecta.
    En un principio creí que hablabas y me confundí un poco pero después entendí lo que era y quede encantado porque nunca había leído algo parecido y me gustó muchísimo y ese final tan wow.
    De verdad que escribes muy muy bien.

    Saludos!!!

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