La chica de los dulces


Historia apta para todo público

Me enamoré de la chica de los dulces. Un lunes al mediodía la vi, serena, instalándose afuera de la escuela de mi hermanito, y desde entonces noté que mi mirada pasaba cada día intentando encontrarla.

Yo recogía a mi hermano sólo los lunes y viernes, pero la chica de los dulces me hizo cambiar la rutina: ahora iba por él de lunes A viernes.

Siempre lucía hermosa, impecable, viendo a su alrededor con una sonrisa en el rostro, que hacía que aquel lunar de su mejilla se moviera un poco de lugar, logrando una imagen que me enloquecía. La banqueta de la calle de la primaria la recibía todos los días junto a su pequeña mesa y a su canasta repleta de golosinas: dulces, gomitas, chicles, chocolates, paletas… Todos igual de coloridos y vivos que sus ojos.

Pero si hablamos de color, no podemos ignorar lo mejor de todo: sus pinturas. Sí, la chica de los dulces pintaba. Bajo la sombra del techo de esa escuela, llegaba cada día con anticipación al horario de salida de los niños, y en ese tiempo libre comenzaba a pintar. Llevaba su lienzo y su caballete, fijaba su vista en el parque de la calle del frente, y se ponía a pintar flores. Flores de la jardinera de aquel parque. Flores pequeñas, flores grandes… Flores. Sólo flores.

Como yo siempre llegaba cuando los niños salían, ya la encontraba ahí. No me explicaba cómo llegaba, o desde dónde. ¿Cuánta distancia caminaba cargando su mesa, su canasta de dulces, su lienzo, su caballete y sus pinturas? Y lo más curioso: ¿por qué? ¿Por qué elegía esa calle sin nada especial para inspirarse? ¿Por qué no pintaba en la comodidad de su casa? Además, era joven, un poco más joven que yo; y llevaba mucho tiempo instalándose ahí. ¿Qué hacía vendiendo dulces? ¿Hacía otra cosa? ¿Con quién vivía? ¿Qué hacía el resto del día, cuando yo no la podía ver?

Ese era otro detalle que me hacía perder el control: la chica de los dulces era misteriosa. Si te acercabas a ella mientras pintaba, amablemente te indicaba con los ojos que no deseaba ser interrumpida, y que aún no comenzaba a vender sus golosinas. No es que yo lo hubiera vivido, sino que desde dentro de mi auto observé esa situación en varias ocasiones.

Cada día la veía desde ahí, desde el interior de mi vehículo. Ella tomaba su pincel con la mayor sutileza posible, como si estuviera en su mano apenas con la fuerza suficiente para que la gravedad no lo llevara al piso, y pintaba. Con una calma y un arte que nadie podría igualar. Sus trabajos eran preciosos, demasiado realistas. Tanto que un día mi hermanito me preguntó si esa «señora» vendía sus «fotos».

A él casi no le gustaban los dulces, por lo que nunca me pedía que le comprara, y yo no tenía una excusa para acercarme. Por más indirectas y pretextos que inventaba, él seguía firme, comprándole fruta a la mujer que vendía en el otro extremo. «Qué pésimo ejemplo eres al querer cambiarle su fruta por azúcar con tal de conseguirte una novia», llegué a pensar.

Pero a la chica de los dulces le fascinaban los niños. Cada que alguno se le acercaba, su semblante se iluminaba y los recibía con la mayor sonrisa que un rostro puede crear. Jugaba con ellos, les hacía bromas, les regalaba algo… Siempre se veía de buen humor y todos la adoraban. Incluyéndome, aunque yo no fuera un niño.



Tras algunas semanas, después de mucho esperar, un viernes llegó mi oportunidad.

—¿Me compras un dulce? —dijo mi hermanito, jalando mi camisa.

Sentí un rápido escalofrío bajar hasta mi estómago, y sólo hasta que él me lo hizo notar, me di cuenta de que estaba sonriendo. Casi al momento de escuchar su pregunta ya tenía la mano en mi bolsillo, buscando mi billetera.

—Creí que no te gustaban los dulces —le dije.

—No son para mí, se los quiero dar a una amiga —me respondió con toda la inocencia del mundo. Mi hermano de seis años estaba enamorado, y estaba actuando inmediatamente, mientras yo tenía meses viendo a la chica de los dulces desde lejos y, de cierta forma, evitándola.

Nos acercamos hasta su canasta, y mientras unas niñas se decidían por lo que querían comprar, puse mi atención en su lienzo. Había pintado dos rosas del parque. Estaban juntas, separadas apenas por lo que debía ser un centímetro. En la vida real, había muchas otras flores a su alrededor, pero ella había decidido ignorarlas y pintar esas dos, solas. Se había empeñado en darle un efecto que hiciera parecer que el viento soplaba y las movía hacia la derecha, mientras una gran nube, apenas visible, paseaba sobre ellas.

—¡Jorge! —escuché a lo lejos, hasta que sentí nuevamente un jalón en mi camisa —. Quiero una bolsa de esas gomitas, de las pequeñas. Pero que la mayoría sean rojas. A ella le gustan más las rojas.

Dejé de mirar las flores para enfocarme en la chica, quien estaba sonriéndole a mi hermano, alegrándose con su ternura. Qué ganas de hacerle saber que ella, sin tener intención, también en ese momento estaba haciendo feliz a alguien más, sólo por el hecho de estar ahí.

Tomó una bolsa de papel, y con unas pequeñas pinzas la llenó de las gomitas que le habíamos pedido. Tenía sus enormes ojos muy abiertos, pero su vista apuntaba hacia los dulces, y por más que yo intentaba encontrar su mirada, parecía muy concentrada en lo que hacía de forma natural.

Una vez que terminó, extendió la mano con la bolsa, y mi hermano se la arrebató y se alejó corriendo hacia su amiga. La chica de los dulces lo siguió con la mirada, y al ver cómo los entregaba, puso su mano sobre su pecho, mientras sus ojos se iluminaban más de lo que yo creía posible. Estaba emocionada. Se emocionaba así con cada pequeño detalle de la vida, y eso me enamoraba de ella más y más.

—Disculpa, es que está emocionado —dije un poco nervioso mientras sacaba mi dinero—. ¿Cuánto te debo?

Y en ese instante, al oír mi voz, finalmente lo hizo. Me miró. Clavó su mirada en mí. Esos ojos llenos de color que podrían hacer olvidar penas, que hacían que cualquiera se perdiera en su profundidad, que jugaban con la mente para arrebatarle cualquier palabra que estabas por decir… Esos ojos estaban viendo los míos.

Levantó su mano derecha para señalar un pequeño cartel que estaba junto a las gomitas.

—¿Diez? —le pregunté, y sin dejar de mirarme, asintió. ¿Por qué no hablaba? ¿No podía? ¿No quería? La había visto reírse varias veces, pero era una de esas personas con risa silenciosa. Y yo quería conocer su voz, que debería ser igual de dulce que su mirada, que su rostro, que ese lunar de su mejilla.

Tomó el dinero, y volvió a buscar a mi hermano. Ya se había dado cuenta de que no le gustaban los dulces, y yo no quería parecer necesitado y tener que comprarle por mi cuenta. Sentí que lo notaría, y mi timidez no me permitía hacer eso. Así que debía tomar valor. Debía aprovechar esa oportunidad.

—Eres de pocas palabras, ¿verdad? —pregunté con un tono de voz que no ayudó en nada a disimular mi nerviosismo.

Dio un pequeño suspiro para responder afirmativamente, y mi ilusión de que ese momento pudiera llevarme a algún lado, se estaba desvaneciendo. ¿De verdad podía haber alguien tan alegre, pero al mismo tiempo, tan reservado?

—Recojo a mi hermanito todos los días —comencé a contarle, ignorando a mi mente que me decía que a ella no le importaba—, y cuando paso por aquí veo tus pinturas. Son muy bonitas, supongo que te lo dicen mucho.

Y en ese momento, cuando al fin tenía un argumento que de alguna forma debería obligarla a responderme, sentí mi camisa raspando mi cuello otra vez. Hermanos: siempre tan inoportunos. Le dije adiós, me di media vuelta y comencé a caminar, cuando sentí una mano tocar mi hombro por detrás. Con toda la esperanza de que fuera lo que yo pensaba, giré y acerté. Era ella, estirando su mano hacia mí y dándome un chicle de menta, uno de esos rectangulares que vienen envueltos en un pequeño papel.



Pasé todo el fin de semana pensando en ese instante. Mi insomnio era invadido por la imagen de sus ojos brillantes, de su lunar juguetón, de su instantánea alegría. Tenía que saber más de ella. Tenía que saber cómo era posible querer a alguien sin saber siquiera su nombre, o su voz, o sus gustos. Pero a veces una imagen, o en este caso, una pintura, dice más que mil palabras.



Cuando llegó el lunes siguiente, estaba parado frente a su puesto de dulces en cuanto sonó la campana de la primaria. Busqué a lo lejos a mi hermano con frenesí, y al verlo en la distancia, le hice una seña para que me alcanzara. Lo tomé de la mano, y nos acercamos a la chica de los dulces. Ese día llevaba un vestido verde limón y el cabello suelto, lo cual, en ese momento supe, bastaría para ser la próxima imagen de mis noches sin sueño.

—Elige lo que quieras —le dije a mi hermanito.

—Quiero una fruta, de allá —me respondió señalando el otro extremo de la calle, mientras el color subía a invadir mi rostro.

—Bueno, ve a comprar la que gustes, aquí te espero. Elegiré algo para llevárselo a mamá —mentí.

Buscaba falsamente qué golosina tomar para mi madre, a quien no le gustaban los dulces, cuando escuché:

—Me lo dicen mucho.

Mi cabeza no supo disimular mi asombro, y cuando menos lo pensaba ya estaba olvidando los dulces y mirándola a ella.

—¿Perdón? —pregunté, mucho más emocionado de lo que debía.

—Lo de mis pinturas —respondió—, lo que me preguntaste el viernes. Me dicen mucho que son bonitas. Y la verdad, yo también lo creo. He mejorado mucho.

Debo haber tardado algunos segundos en reaccionar, por estar ocupado procesando la situación. Analizando su voz. Estaba hablando, y no sólo eso: me estaba hablando a mí. Tenía el tono más dulce que había escuchado jamás. Sentí que, de escucharla hablar con los ojos cerrados, cualquiera imaginaría que la voz pertenecía a una persona más pequeña. Su forma de hablar correspondía a sus sonrisas, y parecía que sus palabras abrazaban mis oídos con cada nota. Quería escucharla más. Me di cuenta de que yo estaba feliz, por primera vez en meses. Sin saber nada de ella, yo estaba feliz. Su presencia me hacía feliz.

—Bueno, si todos dicen lo mismo no puedes negar que tienen razón. ¿Pintas desde hace mucho?

—Desde niña. Mi mamá me compraba cartulinas y las llenaba de mis dibujos. Era lo que hacía todas las tardes. Cuando el tiempo pasó y me di cuenta de que lo que hacía era cada vez menos feo, y que toda la tarde se sentía como diez minutos mientras pintaba, supe que era mi pasión. No podrías creer lo que se siente. Poder plasmar la vida y tu percepción de ella. Resaltar los detalles que tú quieres, los que a ti te parecen más hermosos. Jugar con los colores, crear texturas… Es tu propio mundo en un lienzo… Pero bueno, no debe importarte nada de esto…

Pero sí me importaba. No tenía idea de cuánto me importaba. El mundo dejaría de existir y pasaría el resto de mis días escuchándola hablar sobre pintura si me lo pidiera.

—¡Qué lindo! —respondí—. ¿Y lo haces por hobby, o estudias eso también?

—Quisiera —dijo con un suspiro profundo—. Me encanta el arte. Disfruto pintar, pero también esculpo en casa. Para la pintura prefiero inspirarme en el exterior, copiar paisajes… Pero para esculpir me gusta más el silencio de mi habitación. Las artes visuales han sido una de las más hermosas creaciones del hombre.

—No es de mi incumbencia, pero podrías estudiar eso. Esa carrera está en la ciudad, y no queda a más de dos horas de aquí.

—Lo sé —respondió con un tono inexpresivo y severo, haciéndome saber que me había metido en un asunto que no me correspondía. Tenía que estropearlo, claro—. En fin, ¿qué dulces vas a querer?

Tomé los primeros que tuve a la vista, le pagué, y le di una sonrisa que no me devolvió. Un poco resignado y con rencor hacia mí mismo, me dispuse a irme, pero la sensación de su mano sobre la mía me detuvo. Sí: ahora estaba tomándome la mano. El día era demasiado caluroso, pero ella tenía manos frías. Manos frías que estremecieron mi ser y me dieron ganas de tomarlas y apretarlas lentamente contra las mías.

—¿No olvidas algo? —dijo suavemente, y una vez más, me entregó un chicle de menta rodeado por su envoltura.



El martes mi hermano se enfermó, y no fue a la escuela. Sería el primer día en que no vería a la chica de los dulces después de muchos meses seguidos. O al menos eso creí, hasta que vi que la hora de salida se acercaba y, casi sin darme cuenta, me subí al auto.

«Va a pensar que estás obsesionado con ella», «la vas a asustar», y muchas otras frases similares repetía mi cabeza, pero las ignoré y llegué frente a ella justo cuando terminaba de pintar por ese día. Al sentir mi presencia levantó una ceja, y me recibió como mejor sabía hacerlo y como a mí me encantaba: con su mirada sobre la mía.

—Hola, ¿y tu hermanito? —me preguntó al instante. En medio segundo había hecho la pregunta que esperaba que no fuera a formular.

—Se sintió un poco mal y lo llevé a casa un poco temprano —mentí otra vez. Algún día debería explicarle que habían sido mentiras piadosas—. Yo quería… —busqué las palabras correctas, pero me interrumpió.

—No me atrevo a dejar lo que tengo aquí —dijo de la nada.

—¿Perdón?

—Lo que preguntaste ayer —contestó, una vez más con esa extraña manía de tomarse un día entero para responder una pregunta—. Mis padres, mis ami… bueno, mi amiga. El pueblo. Y esto. Los niños. Me hace muy feliz estar aquí, verlos llenos de alegría, verlos correr hacia mí. Llevo meses haciendo esto, y comenzó como una distracción, pero ahora, aunque puede parecer insignificante para muchos, incluso estas vueltas diarias a vender dulces son un motivo de peso que me hace evitar irme.

La semana pasada no sabía nada de la chica de los dulces, y ahora estaba contándome uno de sus miedos. Me dieron ganas de sonreír, pero no era el momento adecuado.

—¿Tú qué piensas? —me preguntó—. ¿Crees que debería? ¿Qué valdría la pena? ¿Que podría?

Mi opinión. Quería saber mi opinión sobre una decisión que para ella era crucial.

—Bueno, es lo que te apasiona… ¿no es así? —dije, y asintió—. No soy nadie para decirte qué debes hacer con tu vida, pero yo te recomendaría que hagas lo que te gusta. Más con un talento como el tuyo. Mira esas flores —señalé la pintura—. El mundo debe ver cosas así. Yo te diría que las mostraras, que fueras por ello. Pero repito, no soy nadie. Es algo que debes decidir tú.

—¿Talento? Sí admito que soy buena, pero a veces quisiera dejar de pintar tantas flores y hacer otras cosas más seguido. No sé si lo que hago sea suficiente… y como ya te dije, me siento muy feliz aquí.

—Eres muy buena, pero creo que te falta aprender algo: a veces, por muy hermosa que sea una flor, debes dejar de verla para poder ver todo el jardín.

Sí. Acababa de recomendarle a la chica que me robaba el sueño que se fuera de la ciudad. Pero tenía que hacerlo. Las palabras me salieron solas. Y no podía ser tan egoísta.

—Gracias —sonrió moviendo ese lunar otra vez. A veces deseaba que dejara de hacerlo, porque me daba miedo reaccionar demasiado obviamente—. Gracias por preocuparte por una extraña como yo. Tus palabras me ayudaron mucho…

—Jorge. Me llamo Jorge. ¡Y dejemos de ser extraños, si ese es el problema! —sonreí—. ¿Tú eres…?

—Dejémoslo como una pregunta, por ahora. Ya tienes mi voz y mi historia, cosas que casi nadie obtiene tan fácilmente. Permíteme tener un solo misterio más —se rio—. Oh, y no olvides esto.

Sacó otro chicle envuelto en papel de un empaque, y me lo entregó.



La vergüenza se me quitó poco a poco, y ahora cada día llegaba más temprano por mi hermano, y me ponía a platicar con la chica de los dulces en cuanto veía que terminaba de pintar. Cada día conocía algo nuevo de ella. Un nuevo gusto, una nueva historia… Y siempre, antes de irme, me regalaba un chicle más. Se podría decir que éramos amigos, cada vez más cercanos. Y claro estaba, que yo deseaba algún día ser aún más cercano a ella.

Los meses siguieron avanzando, hasta llegar a julio. Los niños estaban a punto de salir de vacaciones de verano, y yo estaba afuera de esa escuela, en el penúltimo día de clases de mi hermanito.

—Supongo que en vacaciones no vendes dulces, ¿verdad?

—Supones bien —rio dulcemente—. Jorge, yo quería…

—¿Sí?

—Quería decirte… Bueno, que… —luchaba por encontrar las palabras correctas, y noté que sus ojos, que siempre brillaban en todo su esplendor y que llenaban mis días de alegría, esta vez se veían opacos, diferentes. Uno de ellos lucía un poco húmedo, y el color de su piel combinado con el de sus pequeñas ojeras logró asustarme. Había llorado.

—¿Qué pasa? —pregunté con mi corazón latiendo muy fuerte, tanto que alcanzaba a oír los latidos dentro de mi cabeza.

—Yo…

Y se quedó en silencio. Un silencio que un momento después se convirtió en toda clase de sonidos y sensaciones extrañas dentro de mí, porque se acercó a mi rostro, lo tomó con sus manos frías, cerró los ojos, y me besó. Y el tiempo se detuvo. Y el mundo siguió girando alrededor de nosotros, pero nada más tuvo importancia en ese momento. Y cerré los ojos también, y le correspondí el beso. Y rodeé su cuello con mis brazos. Y permanecimos así. Dos segundos, dos minutos, dos horas. No lo sé. Sólo sé que su calidez me hizo saber que estaba mucho más enamorado de ella de lo que pensaba. Que la quería, y que la quería conmigo. Quería su cariño, su misterio, su risa, su forma tan bella de ir por el mundo. Quería todo eso conmigo desde entonces y por siempre. Quería hacerla feliz, tan feliz como ella me había hecho sin intención por todo ese tiempo.

Cuando me separé de sus labios, sonreí. Y esperaba ver su sonrisa al abrir los ojos, pero no de la manera en que fue a ser. Estaba feliz, estaba sonriendo… pero también, estoy seguro, estaba a punto de llorar.

—¿Qué tienes? ¡No me asustes! ¿Te puedo ayudar en algo? —le dije con todos mis sentimientos peleándose entre sí.

—¡Jorge! —escuché detrás de mí. Mi hermanito venía corriendo en mi dirección—. ¡Vámonos! Luis invitó a todo el salón a comer a su casa para empezar las vacaciones, ¡y tiene alberca! Tengo que ir a la casa por ropa y a pedirle permiso a mamá. ¡Corre!

—Espera, dame un segundo.

Y la miré otra vez.

—No me iré hasta que me digas qué tienes. ¿Te hice algo? ¿Alguien más te hizo algo? ¡¿Qué pasó?!

—¡Vámonos, Jorge! —escuché mientras sentí que me jalaban la camisa y que unos pies pequeños se paraban sobre los míos.

—¿No me vas a decir? —pregunté, y debí sonar muy angustiado.

—Yo… no puedo, lo siento —limpió de su ojo derecho lo que sería el principio de una lágrima—.

—¡¡¡Jorge!!! —me gritaron desde abajo.

—Está bien, si no quieres hablar de eso lo entiendo. Pero sabes que si necesitas algo puedes contar conmigo, ¿verdad? Cuídate mucho, te veo mañana, por si quieres hablar entonces.

—Jorge… —dijo mientras me marchaba. Sacó un chicle de su bolsa, y lo colocó en el bolsillo de mi saco—. Te quiero. Te quiero mucho.

—Y yo a ti.



Ese día pasé toda la tarde pensando en su mirada, que por primera vez había estado completamente apagada. Me dolía. Me dolía algo que ni siquiera sabía qué era y que no lo estaba sintiendo yo, y eso me confirmó, una vez más, lo mucho que esa chica estaba significando para mí.

El día siguiente llegué con más anticipación que nunca. La incertidumbre no me dejaba estar tranquilo, y un vacío en mi interior me decía que algo estaba mal. Tenía que saber qué le pasaba, y cómo ayudarla. Estacioné mi auto y corrí hacia la entrada de la escuela, pero me llevé una de las peores sorpresas que alguna vez he tenido: no estaba. La chica de los dulces no estaba.

Mi corazón comenzó a latir más fuerte que nunca, y la vista se me nubló. Volteé hacia todos lados buscándola, necesitándola. Pero no estaba. Ella jamás había faltado ni había llegado tarde. Corrí al parque de la calle del frente y me senté en la jardinera que rodeaba a las rosas, aquellas rosas que ella había pintado el primer día que le hablé. Toda clase de ideas llegaron a mi mente, diciéndome que era mi culpa, que le había hecho algo. O aún peor: que le había pasado algo, y que debido a eso había estado llorando.

Todo dejó de tener sentido. Me levanté y comencé a caminar sin dirección. Era el último día de clases, y ella no estaría ahí en vacaciones. ¿Debería esperar dos meses, hasta el siguiente inicio del curso, para verla de nuevo? ¿Por qué diablos no le había preguntado dónde vivía, cómo contactarla… o cualquier cosa? ¿Por qué no me había quedado a insistirle el día anterior?

Mi hermano salió, al igual que todos, y la calle se vació. Esperé, y no apareció. El miedo se apoderó de mí y no me dejó tranquilo por el resto del día. Y el sábado, inútilmente, fui a buscarla. Y el domingo de nuevo. Y cada día de la siguiente semana. Pero no apareció. La chica de los dulces me había besado y luego se había ido sin razón.

Pasé una tarde entera dando vueltas en mi cama, intentando lograr entender cualquier cosa. ¿Por qué me había dejado? ¿Alguien le había hecho algo malo? ¿Necesitaba mi ayuda? Recordaba cada momento: las flores, su amor por mi hermano, su vestido, sus manos frías, el consejo que le había dado…

El consejo.

Corrí a mi computadora y busqué en internet la fecha de inicio de la Licenciatura en Artes Visuales del centro universitario que estaba en la ciudad: había sido una semana atrás. El lunes después de aquel jueves que la vi por última vez.

Y caí en cuenta de lo que había pasado. Se había ido para seguir su sueño, y yo había tenido algo que ver en esa decisión. La alenté a seguir su pasión, pero al mismo tiempo la hice alejarse de mí. Y no supe cómo debería sentirme, y me puse a llorar, porque la había perdido. Sin saber su nombre, su paradero. Nada. La chica de los dulces se había ido de mi vida dejándome sólo su recuerdo cubierto de misterio.

Estaba sumido en mis lágrimas cuando escuché que golpeaban la puerta de mi habitación. Limpié mi cara tan rápido como pude e intenté disimular, cuando mi mamá entró.

—Hijo, ya casi es hora, ¿nos vas a acompañar a la iglesia?

—Ya voy, dame un segundo.

Me levanté de la cama, tomé un saco de mi perchero, y me lo puse. Vi unas monedas en mi buró y decidí llevarlas para la limosna, por lo que las metí dentro del bolsillo del saco. Y en ese momento lo sentí. Lo había olvidado por completo, pero seguía ahí. El chicle. El último chicle que me había dado. El último recuerdo que me quedaba de ella.

Lo saqué, y permanecí quieto, observándolo, acariciándolo. Qué curioso era cómo un objeto, por más simple que fuera, podía guardar tantas historias.

Jugaba con él entre mis dedos cuando, al acariciarlo, mi dedo levantó una parte de la envoltura de papel que lo rodeaba. Creí que mis ojos me engañaban, pero para estar seguro, rápidamente desprendí el resto del papel y lancé el chicle al suelo. No estaba loco ni imaginándome cosas: había algo escrito en la envoltura.

Un número de teléfono. Y debajo de él, una frase.

«A veces, por muy hermosa que sea una flor, debes dejar de verla para poder ver todo el jardín.
Te quiere, Carolina: la chica de los dulces».



Esta historia fue una de las ganadoras del Tercer Premio Endira Cuento Corto y aparece dentro del libro «Dirty Silk y otros cuentos».

Imagen: Jack Lyons en Flickr

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8 comentarios:

  1. Que Hermoso Jett
    Me encanto demasiado

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  2. Me encanto! Fue lo que necesita leer hoy! Te felicito por una gran historia!!
    Saludos ^^

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  3. Ohhh que hermoso, justo hoy ando de cursi y esta historia me cayó como anillo al dedo.
    Realmente me gusto muchísimo, escribes muy bien.

    Saludos!!!

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    Respuestas
    1. ¡Muchísimas gracias, Alberto! :) Significa mucho, de verdad.
      ¡Un abrazo!

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  4. Una historia preciosa Jett. Lo mejor que he leído por aquí desde que conozco tu blog... o al menos lo que más me ha gustado. Ha sido una pasada leerla, en serio. Muchas gracias por compartir esto con nosotros, ha merecido la pena totalmente pasar hoy por aquí.

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    1. Wow, ¡muchas gracias, Holden! Significa muchísimo para mí. Gracias a ti por leerme. ¡Saludos!

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