La limosna de la iglesia


/ Historia apta para todo público / 

Yo no era el hombre más devoto del mundo. Cada vez que alguien me preguntaba si pertenecía a alguna religión, inmediatamente respondía «católica». En automático. Sin pensarlo. Pero la verdad, a veces me preguntaba si realmente lo era. Jamás había abierto una Biblia en mi vida, y lo único que sabía de ese libro era una oración que me quedó grabada de una clase de catecismo a la que fui, por obligación, hace muchos años.

Aún así, yo creía en Dios. Sólo tenía una manera peculiar de pensar, en la que no creía que Dios me quería más si le repetía la misma oración una y otra vez todos los días, o si le rezaba el Rosario el primer viernes del mes como mi abuela me había enseñado, o si iba con el sacerdote a confesarle mis pecados. No. Para mí, Dios era menos monótono, y a él le bastaba que yo fuera una buena persona y creyera en él para que me quisiera. Él sabía que yo lo quería, y yo sabía que él me quería. Punto.

Todos los domingos iba a misa a las cinco de la tarde, más por costumbre que por devoción. Mis padres me lo habían inculcado incluso desde antes de que naciera, y aunque de niño me rebelé porque me parecía algo aburrido, mi papá se las arregló para convencerme de seguir yendo, hasta que crecí y se me quedó esa tradición.

Cada misa, un poco después de la homilía, llegaba el momento de presentar las ofrendas, a las que yo llamaba «limosnas». Varias mujeres, uniformadas con un traje rojo que mandaban a hacer a su medida, pasaban con canastas en mano por las sillas de todos los asistentes para que quien gustara depositara algo de dinero dentro de ellas. Siempre me había parecido curioso cómo se podía ver la alegría en los ojos de algunas de esas mujeres. Con sólo mirarlas, podías adivinar que esa sencilla tarea significaba algo importantísimo para ellas, y que incluso se les habría hecho larga la semana para que llegara ese momento.

Yo nunca había entendido bien qué hacían con el dinero que se juntaba. Suponía que con eso pagaban los recibos de la iglesia y le daban su sueldo al intendente. No sé si era verdad o no, pero tampoco me interesó descubrirlo nunca. Sólo recuerdo que de niño me pregunté si cuando fuera mayor echaría dinero ahí, y que un día de mi adolescencia, fui sin mis papás, y cuando la señora se paró junto a mí con la canasta en la mano y con una sonrisa de oreja a oreja, me sentí obligado a aportar algo, por lo que saqué un billete de cincuenta pesos de mi cartera y se lo di.

Las semanas pasaron, y antes de darme cuenta, ya tenía una nueva costumbre: cada domingo ponía un billete de cincuenta en esa canasta. No es que me sintiera muy cómodo con eso, la verdad. Incluso a veces me pesaba cuando al salir de misa me daba sed y ya no tenía para comprarme un refresco. Pero creía que aunque no sabía exactamente a dónde iba ese dinero, se lo estaba dando a la iglesia, así que de seguro estaba quedando bien con Dios. La iglesia mejoraba en algo con mi cooperación, y yo quedaba bien ante los ojos de Dios. «Todos salimos ganando», pensaba.

El tiempo pasó hasta que me convertí en adulto. Por muy increíble que parezca, a pesar de los años muchas de esas señoras que recogían la limosna seguían siendo las mismas, y admito que admiraba su constancia. Algunas otras, sin embargo, ya no estaban y habían sido reemplazadas por mujeres más jóvenes que se unían a realizar esa comisión.

Un día, tras haber aportado mis cincuenta pesos, se me ocurrió mirar hacia atrás mientras una de esas nuevas señoras caminaba hasta la entrada del templo. Cuando terminaba de recoger las cooperaciones de todas las personas de su fila, se iba hasta el fondo para esperar a las demás servidoras, y luego caminaban todas juntas hacia el altar. La seguí con la mirada por curiosidad, y quedé totalmente sorprendido con lo que presencié. Ella estaba atrás de todos por lo que nadie la podía ver, pero no contaba con que yo sí la veía, mientras sacaba un billete de cincuenta de su canasta y se lo metía al bolsillo de su traje mandado a hacer.

Y no era cualquier billete de cincuenta. Era el mío. Con mis lentes puestos, aún a esa distancia reconocí lo doblado y maltratado que estaba, igual que todo lo que siempre cargo. Esa señora se estaba robando los cincuenta pesos que yo le había dado a la iglesia.

Me llené de rabia, y antes de darme cuenta, ya estaba caminando hacia una de las salidas laterales. No lo podía creer. Si la vi haciendo eso teniendo a cientos de personas cerca de ella, quién sabe qué harían con todo el demás dinero que juntaban, una vez que toda la gente se había ido. Me subí a mi auto y me fui, y en ese momento no se me ocurría la idea de volver. Maldije a la señora. A la iglesia. A Dios.

Me pasé toda esa semana pensando en ese billete. Tras darle vueltas al asunto pensé que quizá todo era sólo un juego sucio de esa señora en particular, que nadie más tenía la culpa y que cualquiera estaría tan sorprendido como yo en caso de enterarse, por lo que decidí ponerla a prueba. Sin darse cuenta se había burlado de mí, y ahora yo iría a burlarme de ella evidenciándola frente a todos.

Cuando llegó el siguiente domingo, fui a la iglesia y me senté mucho más atrás que donde me ponía siempre, para poder ver mejor la zona que me interesaba. Llegado el momento, volvió a pasar. Y al otro domingo, igual. Y también el siguiente, y el que vino después de ese. Esa señora se iba con cincuenta pesos de cada misa todas las semanas. Lo que no comprendía era por qué sólo tomaba cincuenta, si yo había llegado a ver incluso billetes de doscientos en esas canastas.

No sé por qué me daba demasiada curiosidad, pero quise saber más de ella, así que decidí seguirla. Un domingo me esperé media hora después de que había terminado la ceremonia. Estuve afuera del templo mientras se despedía de sus compañeras, y cuando al fin salió, emprendí el camino detrás de ella.

Caminaba bajo el ardiente sol con su trajecito rojo. No debería ir muy lejos, pensaba yo, porque se asaría con el calor que hacía en esa ciudad. La seguí unas cuantas calles hasta un viejo parque lleno de palomas, y me detuve tras un árbol para evitar que me viera si miraba hacia atrás. La vi acercarse hacia una banqueta donde estaba una anciana sentada sobre una sábana, en la que había acomodado varios collares y pulseras hechos a mano para vender. Ya la había visto antes, tenía muchos meses poniéndose ahí con algunas artesanías, y siempre tenía un aspecto un poco sucio. Yo suponía que vivía en la calle.

Vi cómo se acercó a esa anciana y se sentó junto a ella. Comenzaron a platicar, y siguieron haciéndolo por un buen rato. Debió haber pasado más de una hora. La anciana parecía estar contándole cosas con un semblante de ternura, pero la señora sólo escuchaba todo con una cara seria. Una vez más, la distancia no fue impedimento para descubrirle algo: no estaba interesada en absoluto en lo que le estaban contando.

Cuando al fin la señora se paró, metió la mano dentro de su bolsillo, sacó un billete de cincuenta y lo puso dentro de una taza que cargaba la anciana. Tenía escrito «Gracias por su ayuda» en ella.

Me quedé pasmado y confundido. Esa mujer a la que seguí, cada semana se robaba de la iglesia cincuenta pesos, míos o de alguien más, luego se iba caminando bajo el sol hasta llegar con una anciana con la que no parecía tener simpatía alguna, y finalmente le regalaba ese dinero que se había robado. ¿Por qué?

Ya estaba muy metido en eso como para quedarme con la duda, y además, lo admito, deseaba que hubiera algo malo tras todo eso, pues en mi mente ya sentía repugnancia hacia esa mujer por lo que la vi hacer.

Decidí ir con la anciana. Me le acerqué y al llegar a ella me miró con unos ojos brillantes, pues supuso que iba a darle una limosna. Me agaché y hablé con ella.

—Disculpe, señora. Esa mujer que acaba de irse de aquí, es conocida mía. ¿De casualidad la conoce usted también?

—Es mi hija —respondió sin mirarme a la cara, acomodando sus pulseras en su sábana.

Al oír eso no pude evitar sentir lástima por ella, y mi curiosidad creció aún más.

—Señora, espero que no me tome como un entrometido —le dije suavemente—, pero no pude evitar notar que ella se fue hacia su casa mientras usted se quedó aquí vendiendo sus pulseras. ¿Por qué no se va a descansar? ¿No cree que su hija puede ver por usted, y que estaría más cómoda viviendo con ella?

Ella dio un largo suspiro, como si ya le hubieran hecho esa pregunta muchas veces antes. Miró hacia la nada, y me respondió.

—Agradezco su interés, joven, pero a mi hija no le importo. Me dejó en un asilo hace mucho tiempo, y cuando el lugar tuvo que cerrar, no quiso hacerse cargo de mí. No me apoya ni me cuida, así que tengo que buscar la manera de comer. Me visita cada semana, los domingos de hecho. Me da poquito dinero, y le cuento cómo estoy, pero la verdad no la veo muy interesada. A veces incluso hay extraños que se me acercan y por compasión me dan en un día más dinero que lo que ella me da en una semana. No sabe la tristeza que me da… He sabido que les inventa a sus amigas que vivo lejos y que se hace cargo de mí, porque me quiere mucho. Pero dudo que sea cierto. De seguro tiene cargo de conciencia, y lo compensa con una visita cada semana. Sesenta minutos en los que está aquí de mala gana, y cincuenta pesos que me da. Me imagino que para ella eso es quedar bien.

Imagen: Kim Seng en Flickr

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5 comentarios:

  1. Madre mia , que relato me he quedado pasamado, que injusticia a veces trae la vida, bonito relato, gracias por el, saludos.

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    1. ¡Me alegra que te gustara! Muchas gracias, saludos :)

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  2. Hola!, Ya te estoy siguiendo!, me ha parecido muy interesante tu historia. Es muy buena!, no puedo creer que eso te ocurriera.
    Saludos! ;)

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    1. ¡Hola, Luis! Me alegra que te gustara, ¡pero es ficción! Jaja, no sé si reaccionaría igual si me pasara en verdad...
      ¡Saludos! :)

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  3. creo que es una historia muy profunda, me da en que pensar, gracias por compartirla

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