El elevador




/ Historia recomendada para mayores de 13 años / 


El tercer piso

Elena estaba apurada. Aunque aún faltaban quince minutos para su entrevista, siempre había considerado que dar una buena primera impresión era algo crucial, y para ella la puntualidad era algo que hablaba muy bien de las personas.

Con su vestido de corte recto, sus plataformas pequeñas y su cabello recogido, caminaba por las congestionadas calles de la ciudad con rumbo hacia lo que ella esperaba que fuera su próximo lugar de trabajo. Sus papeles estaban perfectamente organizados, y daba pasos con prisa, pero poniendo cuidado en que su cara no sudara, en que su peinado no se cayera, y en que el tiempo no le ganara.

Cuando finalmente llegó, hizo todo lo posible por mantener su postura, exhaló por la alegría que le daba entrar a un edificio con aire acondicionado, y se dirigió hacia la recepción.

—Buen día, señorita. Tengo una cita con el licenciado Ramírez a las diez en punto.

—¿Elena Torres? Sí, el licenciado la está esperando. Dé vuelta por el pasillo de la derecha y camine hasta el fondo. Ahí tome el elevador hacia el cuarto piso, y cuando llegue, toque en la tercera puerta a la izquierda.

—Perfecto. Muchas gracias —sonrió, con una extraña sensación que le decía que esta vez por fin era su día, y que su extenuante desempleo estaba por terminar.

Siguiendo las instrucciones, caminó por el pasillo indicado de forma valiente. O al menos eso es lo que intentaba probarse a sí misma: que era valiente, que era inteligente, y que tenía muchas cualidades que podría otorgar a cualquiera que la contratara. Pero debía mantenerse firme. Nadie le daría trabajo a una extraña sudorosa, temblorosa e insegura de sí misma en su primera entrevista.

Estaba tan sumida en sus pensamientos de autoayuda, que sin darse cuenta, ya estaba dentro del elevador. Se sorprendió de que pudiera introducirse tanto en su cerebro como para no apreciar lo que pasaba a su alrededor, y rogó que algo así no le pasara durante su conversación con el licenciado.

Pasmada, se apresuró a presionar el botón del tablero para elegir su piso, pero accidentalmente, en lugar de oprimir el número cuatro, oprimió el tres.

Quedó atónita. Durante semanas se había estado diciendo a sí misma lo capaz que era para lograr cualquier cosa en la vida, pero en sólo diez segundos su teoría se había ido a la basura, cuando no había sido capaz de concentrarse en algo tan simple como atravesar un pasillo, o elegir el botón correcto dentro de un elevador.

Intentó calmarse un poco y presionó el cuatro. Las puertas se cerraron frente a ella, y comenzó su camino hacia arriba, aunque ahora éste tenía una escala programada.

Sintió su frente húmeda. Sus rodillas comenzaron a sentirse con menos fuerza de lo usual, y sus documentos, correctamente organizados en un sujetapapeles en sus manos, ahora temblaban un poco gracias al nerviosismo de sus manos.

«Qué fácil es hacerte perder el control», se dijo a sí misma mientras intentaba recordar algo que había hecho antes para calmarse en una situación parecida, o algún consejo que le hubiera recomendado su terapeuta. Pero en ese momento, todo parecía inútil.

El elevador continuó su camino hacia arriba hasta detenerse en el tercer piso. Las puertas se abrieron simétricamente, y Elena se quedó observando el pasillo vacío que aparecía frente a ella. Una imagen que, de haber sido más inteligente, no debía haber visto todavía, sino hasta ser contratada, cuando alguien le estuviera mostrando la oficina. O quizá que no debió conocer nunca, en caso de que le dijeran que no requerían sus servicios.

Esperaba a que las puertas se cerraran para continuar su camino, cuando notó que realmente no todo estaba tan vacío como pensaba. Justo en el inicio de un pasillo, alcanzó a distinguir la mitad del cuerpo de un hombre sentado en el piso y apoyado contra la pared, dándole la espalda. Le pareció extraño que estuviera ahí en un piso que aparentemente estaba vacío, y pensó que quizá podría necesitar algo.

—¿Hola? ¿Señor? ¿Necesita ayuda?

Él no se movió, y ella no obtuvo ninguna respuesta. De repente, pareció que algo empujaba a ese hombre hacia la derecha, hasta que cayó al piso, dándole la cara a Elena.

Ella se quedó atónita cuando se dio cuenta de que ese hombre había fallecido. Su estómago estaba repleto de sangre, y un poco más de ella había corrido por su boca. Entonces, un segundo hombre apareció desde ese pasillo, y comenzó a arrastrar aquel cuerpo por el suelo.

Elena estaba paralizada, e instantáneamente emitió un suspiro. El hombre que jalaba a su víctima logró escucharlo, y giró su mirada hacia el elevador, observando a la aterrada postulante, que rogaba que la tierra se la tragara en ese momento. El presunto asesino miró el número del ascensor, y se dio cuenta de que iba dirigido hacia el cuarto piso.

Las puertas del elevador comenzaron a cerrarse, pero en el espacio que fueron dejando, ella alcanzó a ver a ese hombre mirarla con desprecio, sacar un cuchillo de su pantalón y correr por las escaleras hacia el siguiente piso.

En ese momento, las puertas se cerraron, y el elevador comenzó a subir.

De repente, a Elena ya no le preocupaba estar completamente repleta de sudor, ni saber si su cabello seguía en su lugar. Incluso le daba igual si alcanzaba a llegar a su entrevista o no.

A Elena, lo único que ahora le importaba, era que su elevador estaba subiendo y que en unos segundos se detendría en el siguiente piso. Y cuando eso pasara, y esas puertas se abrieran, un extraño la iba a asesinar.

Rasguños

El licenciado Alberto Ramírez daba un largo sorbo a su café. Sabía que esa era la cuarta taza que bebía en el día y que su médico le había indicado que debía reducir su medida, pero supuso que comenzar a atender esa indicación hasta el día siguiente no podría hacerle mucho daño.

Miró el reloj de su computadora y vio que eran las nueve con cincuenta y tres. Tenía programada una entrevista de trabajo con una mujer que se hacía llamar Elena Torres a las diez, por lo que consideró que faltaba tiempo suficiente como para bajar hasta la recepción a recoger el periódico del día y llevarlo a su escritorio para poder leerlo más tarde.

Salió de su oficina, se dirigió hacia el elevador y presionó el botón. Cuando las puertas se abrieron, repentinamente su mirada se tornó en una mezcla de confusión y miedo.

—¡Ayuda! ¡Ayúdeme por favor! Viene por mí, ¡me va a matar! ¡Me va a matar!

Una aparente extraña estaba tirada en el suelo del elevador, con su bolso a un lado de ella y unos papeles aventados en otra parte. Lloraba y gritaba desesperadamente, y tenía las uñas de sus manos pegadas a las paredes, como si quisiera rasguñar lo que encontrara a su alcance por la agonía.

Balbuceaba y respiraba con dificultad y parecía bastante aterrada. Un escalofrío invadió el cuerpo del licenciado al encontrar semejante escena, y se quedó inmóvil por un par de segundos hasta que pudo reaccionar e ingresar al elevador.

—Señorita, ¿de quién habla? ¡¿Qué le pasa?! —dijo exasperado, preguntándose si debía temer de alguna persona, o quizá de la que tenía a su lado.

Elena intentó tomar un poco de aire, se levantó con la ayuda del licenciado y, temblando, respondió.

—Un… un hombre… Un hombre mató a otro y yo vi accidentalmente cuando arrastraba el cuerpo. Me vio y ahora me está siguiendo y me quiere matar a mí también. ¡Tiene que ayudarme! Por favor, ¡tiene que ayudarme! —gritó llena de miedo, jalando la camisa del licenciado y arrugando su cuello.

—Señorita, le ruego que se tranquilice, aquí no está pasando nada.

Entonces Elena miró al frente a través de las puertas abiertas, y se dio cuenta de que efectivamente, no había nada. El pasillo frente al elevador estaba vacío por completo, no había señales de aquel hombre ni de ningún otro ser vivo, y las escaleras provenientes del tercer piso lucían desiertas.

—Le juro que es verdad… yo… ¡Pasó en este edificio, un piso abajo! Tiene que llamar a seguridad y decirles que vayan ahí, ¡van a encontrar el cuerpo de ese pobre hombre!

Alberto dudó. La situación se pasaba de inusual y esa mujer realmente lucía espantada, pero cabía la posibilidad de que una simple loca hubiera entrado en su edificio y corrido hacia el elevador a decir y hacer lo que sus pobres facultades le indicaran.

Sin embargo, consideró que si ella decía la verdad, también su vida podría estar corriendo peligro, por lo que decidió darle el beneficio de la duda. Tomó su celular y llamó a su recepcionista para pedirle al equipo de seguridad que fuera al tercer piso de inmediato.

Se quitó su saco y se lo colocó encima a Elena, quien después de todo el calor que le había ocasionado la atiborrada calle, ahora estaba sudando frío.

Pasaron unos minutos, y el licenciado sugirió que ya era prudente ir a mirar al tercer piso. La aterrada mujer se negó, pero él intentó tranquilizarla.

—Le prometo que todo estará bien. Tengo que comentarle que tuvimos un problema estructural hace unas semanas, que resultó en severos daños en los pisos dos y tres, por lo cual han estado en reconstrucción desde hace días, y no hay actividad laboral en ellos. Quizá usted pudo haberse confundido y ver a algún trabajador hacer alguna maniobra con cierta herramienta, pero ya vamos a comprobarlo. Y por favor, intente calmarse. Yo estoy a su lado, y todo el equipo de seguridad está ahí. Si alguien intentara hacerle algo, debería primero pasar frente a todos nosotros.

Ofendida porque probablemente estaba siendo tachada como loca, y con un miedo que pocas veces había sentido, Elena presionó el número tres. En ese momento se reprochó con todas sus fuerzas haberlo presionado por error anteriormente. Pensó que, de no haberlo hecho, jamás hubiera visto nada, y aunque la tragedia hubiera sido cometida, ella pudiera haber entrado y salido de ese edificio con su nivel normal de tranquilidad.

El elevador comenzó a bajar, y Elena secó sus lágrimas con su puño y aferró sus brazos al cuerpo del licenciado. Él, intentando calmarla, trató de conversar.

—Soy el licenciado Alberto Ramírez. Disculpe usted, pero en momentos de pánico la cortesía no tiene tanta prioridad.

Elena se sonrojó y por un momento se planteó soltar al caballero, pero el daño ya estaba hecho. Aunque consideraba que su vida era miserable, supuso que seguir viva era mejor que conseguir un empleo.

Apenas iba a abrir su boca para confesarle su identidad, cubierta de vergüenza, cuando el elevador paró y las puertas se abrieron. Su corazón latía con tanta fuerza que parecía que le saldría volando del pecho, y apretando con las uñas el hombro de su acompañante, miró hacia el frente.

El tercer piso era exactamente igual que como lo había visto momentos atrás, sólo que ahora repleto de personas. Diversos encargados de seguridad de la empresa terminaban de registrar el área, y había gente caminando por todas partes.

«Vaya que sabes ocasionar desastres», se reprimió en su mente.

Aún tomada del brazo, salió junto al licenciado y clavó su mirada directamente en la zona donde había visto a aquel hombre. Sus latidos aumentaron y la pusieron nerviosa, y sintió desmayarse, pues ya no había nadie ahí.

Alberto se dirigió a uno de los guardias.

—Carlos, ¿qué pasó aquí?

—Debería preguntarme qué no pasó aquí, señor —contestó mirando a Elena con ojos de molestia—. No hay ningún cuerpo, y no hay ningún «asesino», como la señorita lo llama. Tampoco hay sangre en el piso, señales de algún enfrentamiento u objetos rotos. Sólo porque estamos en medio de la remodelación, sino podría decirle que este piso brilla de limpio.

Elena quería desaparecer. Ya no sólo temía por su seguridad. Ahora también la estaban haciendo dudar de su estabilidad, y más que miedo, comenzó a sentir una enorme vergüenza.

—Le juro por mi vida que vi lo que le digo —insistió mirando al licenciado como si quisiera su piedad—. ¡Alguien murió aquí hace apenas unos minutos!

Y las manos, las piernas y los labios le comenzaron a temblar otra vez.

—Seguro que sí, señorita —respondió Alberto con sarcasmo y fastidio, enojado porque una loca cualquiera pudiera haber causado semejante revuelo en su compañía.

Tomó el radio de uno de los encargados de seguridad, y llamó a otro de sus empleados que estaba en el primer piso.

—Roberto, en el elevador está por bajar una… señorita. Va desde el tercer piso. Por favor, en cuanto llegue escóltala hasta la salida.

Apuntó al elevador con su brazo, indicándole a Elena que fuera ahí.

—Por favor, señorita, baje. En el primer piso la esperan para asegurarle que no le pase nada. Déjenos a cargo de su supuesto suceso aquí. Y por favor, le pido que no vuelva a entrar a mi edificio otra vez. Y de paso, le hago un favor al resto del mundo al pedirle que no entre a ningún otro lugar si no tiene una razón para estar ahí. Hasta luego.

En ese momento, Elena sentía que lo había perdido todo. Toda la autoestima que por meses había intentado demostrarse que poseía, se había ido. Toda su fuerza, su valentía, su voluntad… Todo lo que ella esperaba tener era como una nube inalcanzable ahora. Intentó insistir una vez más, pero sus lágrimas no dejaron salir a su voz esta vez.

Ingresó al elevador, ahora sin miedo pero sumida en sus pensamientos. Presionó el número uno y se echó a llorar. Las puertas se cerraron, y comenzó a descender.

—Eres patética —se dijo a sí misma en voz alta—. Tuviste una oportunidad y la echaste a perder con tus estupideces, como siempre.

Pensando en lo que acababa de pasar, y en la imagen tan ridícula que ahora tenía de ella misma, incluso se rió un poco.

Estaba tan concentrada en su mezcla de risa y llanto que no se dio cuenta de que alguien había solicitado el elevador en el segundo piso, por lo que éste se paró ahí antes de llegar al primero.

Se abrieron las puertas mientras Elena se reía. Ella miró al frente y sintió un escalofrío por todo el cuerpo al ver ahí parado al supuesto «asesino», con cuchillo en mano, quien le devolvió la sonrisa.

La salida

Los gritos abundaron en el elevador, y se hacían escuchar por todo el vacío del segundo piso. Elena se llenó de un terror aún mayor al que había sentido anteriormente, y notaba en su cuerpo a su instinto de supervivencia diciéndole que debía luchar.

El misterioso hombre borró la sonrisa de su rostro para mostrar una expresión más violenta y atemorizar a la que esperaba que fuera su próxima víctima. En un movimiento rápido, se lanzó encima de Elena haciéndola caer al fondo del elevador, e intentó retenerla con sus fuerzas en el piso. Con la fuerza de la caída, el cuchillo que llevaba en sus manos se le escapó, aterrizando en la esquina contraria.

Elena quedó debajo de él, aprisionada por sus brazos que le impedían moverse hacia cualquier lado. Intentaba pelear con sus piernas, pateando cualquier parte que alcanzara del cuerpo de ese hombre, aunque sabía que su fuerza no era nada comparada con la de él.

Cuando sintió que Elena estaba completamente inmovilizada, el hombre se levantó con la ayuda de un brazo a intentar alcanzar el cuchillo, en una hazaña que implicaba sostener a su víctima con el otro, y tener su pie estirado en la puerta del elevador, porque si ésta se cerraba, comenzarían a descender al primer piso.

Estiró su brazo hacia la esquina contraria para intentar agarrar el cuchillo, y Elena aprovechó para patearlo por la espalda y hacerlo caer justo frente a él. Ahora libre, ella se paró lo más rápido que pudo y desesperadamente empezó a golpear todas las paredes.

No había palabras ni comunicación alguna. Simplemente gritos y respiraciones agitadas rodeaban ese pequeño espacio envuelto en violencia y confusión.

Elena gritaba hacia fuera del elevador lo más fuerte que podía. Sabía que el segundo piso estaba vacío, pero guardaba la esperanza de que quizá si gritaba con suficiente fuerza, la gran cantidad de hombres que estaban un piso arriba podrían alcanzar a oír algo por las escaleras e ir en su ayuda.

Aprovechando que su agresor estaba en el piso, Elena intentó correr fuera del elevador, pero el hombre se giró y al alcanzar a verla, la tomó del tobillo, haciéndola caer con medio cuerpo dentro del elevador y la otra mitad fuera.

El supuesto asesino tomó el cuchillo y se preparó a llevar a cabo lo que se proponía, pero Elena, en un segundo, aplicó la única idea que tuvo para defenderse y, desde el piso, giró su brazo con gran velocidad, metiéndole una bofetada y tirándolo otra vez.

Se acercó a él y con una mano intentó quitarle el cuchillo, mientras con la otra rasguñaba su cara. Él, sin saber de lo que ella podría ser capaz, le devolvía los rasguños, pues el peso de ella le impedía quitársela de encima con un puñetazo.

Pisándole el estómago, Elena logró hacerlo soltar el cuchillo y lo tomó en su mano. Salió del elevador corriendo a toda velocidad y lo lanzó hacia la izquierda lo más lejos que pudo, para después echarse a correr hacia la derecha rumbo a las escaleras para bajar al primer piso.

Bajaba corriendo, pensando que quizá podía caerse por la adrenalina, pero tal vez no era tan mala idea si eso la haría llegar abajo más rápido. Gritaba pidiendo auxilio, y sacudía los brazos por su desesperación. Al ver sus brazos en el aire, notó sangre en varias partes de ellos, ocasionada por los rasguños que le habían propiciado; y de igual forma sintió ardor en su cara, lo que le hizo pensar que la tenía cortada también.

Cuando finalmente llegó al escalón final para entrar al primer piso, volteó hacia atrás y no vio señales de su agresor. Siguió gritando, y comenzó a llorar por la impresión de que se estaba salvando. Pensaba que quizá, si la vida le estaba dando otra oportunidad, aún había esperanza para ella.

La recepcionista de la entrada escuchó una voz de mujer gritando alocadamente y volteó hacia un pasillo para ver de dónde provenía. Se encontró con una Elena sumergida en la aparente locura, rasguñada, aterrada y envuelta en lágrimas.

—¡Atrápenlo! ¡Les dije que no mentía! —gritó con la voz cortada al pasar frente a la recepción, y abandonó el edificio con frenesí.

Afuera, todo el mundo se quedaba pasmado mirándola. Sin mirar a los autos, atravesó la calle corriendo para llegar al otro lado. Dándole la espalda al edificio, por un momento al fin respiró tranquila.

Sentía las miradas de la gente juzgándola y apuntándola con el dedo, y se llenó de rabia al ver que nadie se acercaba a ayudarla. Dio un respiro profundo y se giró a sí misma, encontrándose con aquel edificio lleno de paredes descarapelándose por la edad de su abandono. Las puertas estaban acumuladas con polvo y tenían muchos indicios de termitas, y lo que quedaba de las ventanas apenas se podía ver por la acumulación de grafiti.

Se quedó asombrada por un instante, pero las campanas de la iglesia sonaron indicando que ya iban a ser las once: hora de alimentar a sus gatos.

Caminó sigilosamente por las calles de la ciudad, siempre sumida mirando un punto fijo. Poco quedaba ya de la elegancia que había querido aparentar esa mañana, pero no le importaba ni un poco en ese momento. Por dentro se sentía muy bien por lo que acababa de lograr, y atesoraba una esperanza que le decía que quizá las cosas estaban por cambiar para ella. Sonrió de nuevo, asustando a un niño que pasaba junto a ella por sólo tener la mitad de sus dientes.

Llegó a su departamento comunitario y saludó al conserje, quien fingió una sonrisa al verla, pero sintió mucha decepción y lástima al ver el estado en el que llegaba. Era la tercera vez en el mes que la veía llena de autolesiones.

Elena, por su parte, sacó sus llaves mientras caminaba, y se estaba dirigiendo hacia su departamento cuando se paró frente al viejo elevador. Decidió que, a partir de entonces, quizá era mejor usar las escaleras.

Imagen: Mistie Beardmore en Flickr

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