El armario de Matías


/ Historia apta para todo público / 

Cuando a Claudia Palacios le ofrecieron un empleo para esa tarde, le pareció algo sumamente sencillo. No había hecho planes para ese día, sus amigos no estaban en la ciudad, y su madre no paraba de reprocharle que no hacía nada por ayudar con los gastos de su hogar.

El señor Galindo y su esposa, apasionados coleccionistas de toda clase de arte, necesitaban a alguien que pasara la noche cuidando a su pequeño hijo Matías mientras ellos asistían a una importante cena. La tarea comenzaba a las diez de la noche, y Claudia estaba segura de que el niño pasaría dormido hasta el amanecer, por lo que vio esta oportunidad como un dinero muy fácil de ganar.

Cuando llegó la hora de partir, puso su libro favorito y un DVD de una serie de televisión dentro de su mochila, y emprendió el camino a la casa de los Galindo. La señora la recibió con una sonrisa falsa, intentando ser cordial mientras demostraba que el tiempo les había ganado y que estaban emperejilándose a toda prisa.

Claudia se sentó en el sillón principal a esperar sus indicaciones, y se detuvo a ver que toda la sala estaba repleta de cajas abiertas. Cajas de todos los tamaños, y a juzgar por sus etiquetas, provenientes de todos los destinos.

—Buenas noches, señorita —se dirigió el señor a Claudia mientras terminaba de acomodar su corbata—. Matías ya duerme desde hace una hora, y estamos seguros de que así lo hará toda la noche, pero no tenemos el corazón para dejarlo solo en casa. El evento al que asistiremos queda un poco lejos, por eso precisamos que usted quede al cuidado de él por unas horas.

—Como podrá ver —continuó el elegante hombre—, nos está llegando una larga colección de artículos el día de hoy. Ya todos los paquetes han llegado, excepto uno que contiene dos grandes cajas con esculturas de cera. Debería llegar en cualquier momento. Me temo que ya no tenemos espacio para acomodarlo aquí abajo en estos instantes, por lo que deberemos guardarlas en el armario que está dentro del cuarto de Matías. Por favor, le ruego que reciba el paquete y le pida a los trabajadores que no hagan mucho ruido al acomodar las cajas ahí dentro.

Claudia asintió a la aparentemente sencilla tarea, y recibió de manos de la señora un monitor de bebé, para poder escuchar si el niño despertaba sin necesidad de pasar toda la noche dentro de su habitación.

Los Galindo le dieron las últimas indicaciones, se despidieron, y se fueron en su auto.

Para la ahora niñera, leer su libro sonaba como una buena idea hasta que descubrió la enorme pantalla de la sala principal. Se lanzó al sillón, encendió el televisor y buscó la primera película que llamara su atención. Pero no tuvo mucho tiempo de disfrutarla, pues al cabo de un par de minutos, timbraron en la puerta.

—Buenas noches, señorita. Tenemos una entrega para el señor Roberto Galindo.

—Claro, pasen por favor. Hay que dejar las cajas dentro del armario que está en la primera habitación al subir la escalera. Pero hay un niño dormido ahí. Y se los ruego, no lo vayan a despertar, porque no tengo ganas de tener trabajo esta noche.

Los repartidores subieron cuidadosamente la primera caja, y Claudia, al ver que no tenían problemas, fue a la cocina a prepararse algo de comer. Cuando terminaba de picar verduras para una ensalada, escuchó el grito de uno de los muchachos, que le indicaba que habían terminado su labor. Los despidió, y se sentó a pretender que trabajaba.

Los minutos pasaron, pero Claudia no se sentía del todo cómoda. Por muy sencilla que pareciera su ocupación, pensó que no sería una mala idea dar al menos una vuelta para conocer al niño que cuidaba y asegurarse de que todo estaba bien.

Subió las escaleras y abrió cuidadosamente la puerta. Un tierno Matías reposaba con los brazos abiertos en su cama, rodeado de almohadas para evitar accidentes.

«Qué días aquellos donde comer y dormir era lo único que me preocupaba», pensó.

Estaba por irse cuando se dio cuenta de que los repartidores habían dejado el armario abierto, y desde la distancia reconoció las esculturas de cera: una sirena, un cuervo y un leñador.

La tenue luz que entraba por la ventana se reflejaba directamente en el armario, provocando una espeluznante vista de esas figuras extrañas. Pensó que si a ella eso le parecía un poco incómodo, al niño debería parecerle aún más, por lo que se dispuso a cerrar esa puerta, justo en la cara del leñador.

Salió del cuarto, regresó a ver televisión un par de horas, y comió su ensalada. Cuando su película terminó, se levantó hacia la cocina nuevamente, para lavar los platos que había ensuciado. Colocó el teléfono a un lado del fregadero, y el monitor de bebé al otro, y comenzó a enjabonar los trastes.

Un minuto después, el teléfono sonó. Como tenía las manos mojadas, oprimió el botón del altavoz con su codo, y contestó.

—Hola, Claudia, soy el señor Galindo, sólo llamo para ver cómo va todo.

«El típico padre sobreprotector que quiere saber incluso si su hijo movió un brazo mientras dormía», se dijo a sí misma.

—Hola, señor. Todo va bien. El niño sigue durmiendo profundamente, y recibí su pedido tal y como usted lo indicó. Ya lo colocaron en el armario.

—Perfecto. ¿Las dos esculturas lucían bien?

—Tres, señor. Y sí, todas se ven en buen estado, a mi humilde parecer.

—Me alegro mucho, pero debe haber un error. Sólo encargué dos esculturas. ¿Qué te dieron?

—Bueno, son una sirena que parece que está cantando, un cuervo mirando hacia arriba, y un leñador con cara malévola y su hacha levantada. Por cierto, debo felicitar a quien quiera que se encargue de hacer estas cosas, porque ese leñador sí que se ve real. Casi me sentí grosera al cerrarle la puerta del armario en su cara.

El teléfono permaneció en silencio por muchos segundos. La voz del señor Galindo se entrecortó, y tartamudeando pudo pronunciar una respuesta.

—Claudia, yo no encargué ningún leñador.

El silencio apareció de nuevo, hasta que fue interrumpido por el monitor de bebé, en el que se escuchó el rechinido de la puerta del armario que se abría lentamente.

Imagen: moccasinlanding en Flickr

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