El error de metal


/ Historia recomendada para mayores de 13 años / 

Edith Velázquez seguía su rutina de revisión, o al menos lo que ella llamaba una rutina. Después de haber arreglado su cabello, cuidando que éste no cayera de su cabeza, se miró al espejo y buscó alguna imperfección en su rostro. Luego, tomó su labial color albaricoque y colocó una generosa cantidad en sus labios, previniendo que el resultado no fuera muy perfecto, pero tampoco muy caótico. Finalmente, miró el reflejo de su blusa buscando alguna arruga meticulosamente. Siempre se dedicaba a esa tarea de la misma manera: entrecerrando el ojo izquierdo y girando ligeramente su cabeza a la derecha, para así poder analizar su prenda sin tener que ver su brazo izquierdo.

Se podría decir que se trataba de un método poco efectivo para ignorar el hecho de su realidad, pero para ella era más una costumbre que un intento por no ver lo que llamaba su «error de metal».

Una vez verificado el estado estético de su cabeza y de su vestimenta, se sentó en el borde de su cama y rápidamente tomó sus tacones rojos de Jimmy Choo, que parecían perfectos para la prisa de esa ocasión por tener un diseño en el que sólo había que introducir el pie, sin cordones ni adornos estorbosos que le harían gastar tiempo que en ese momento no disponía.

Dio un vistazo al reloj de mano que llevaba en la muñeca, y con un gesto de apuro tomó su prótesis y se la colocó bajo su hombro izquierdo, dejando de ser así una mujer a la que podrían señalar en la calle como una lunática. Ahora tenía dos brazos, y no había razón alguna por la que no pudiera parecer una persona común y corriente.

Salió de su apartamento rumbo a la estación del metro, y tomó su ruta de costumbre hasta llegar afuera del consultorio del Dr. Javier Molina. Su reloj ahora marcaba las ocho con cincuenta y ocho, por lo que se permitió esperar dos minutos afuera de la clínica. Cuando el transporte hacía un milagro y le permitía llegar temprano, ella prefería quedarse en la calle hasta que fueran las nueve en punto. Era más cómodo eso que pasar a sentarse en el viejo sofá de cuero de la sala de espera, y fingir estar interesada en responder el «¿cómo ha estado?» de la recepcionista.

«Si quisiera contarle cómo he estado a cualquier persona, no estuviera viniendo con un psiquiatra», pensaba.

Dos minutos. Ciento veinte segundos en los que por más que intentara, sabía que no podría pensar en otra cosa que no fuera el día de su desgracia: el día en que cometió su «error de metal». Una vez que esa idea cruzaba su mente, prefería mirar hacia los autos y las personas que pasaban por la carretera e intentar buscar a alguien como ella, pero no era algo obvio ni fácil de notar. Cualquier persona a la que le faltara una parte de su cuerpo intentaría hacer su mejor esfuerzo por evitar que fuera notorio, tanto o incluso más que como lo hacía ella. Pero Edith sabía que la mirada de una persona podía hablar mucho sobre ella, y que quizá lograría identificar en algunos ojos el mismo dolor que ella sufría, a consecuencia de no haber resistido una tentación en el pasado.

Parecía una idea vaga, pero ella creía que quizá no era algo tan imposible. Sus pensamientos fueron interrumpidos por el usual timbre que provenía del interior del consultorio, que indicaba el final de una sesión y el inicio de otra, que era la que le correspondía.

Emprendió el camino acercándose a la puerta automática que se abrió para darle paso, y se movió con sus tacones haciendo un ruido estático en la madera del piso con cada paso que daba. Se limitó a darle un «buen día» y una risa falsa a la canosa y sesentona recepcionista, que de igual forma fingió agrado por verla y le mostró una sonrisa forzada, casi sin despegar la vista del último número de Vogue que sostenía en sus manos.

—Bueno, dígalo y ya —dijo mientras entraba al consultorio, lanzaba su bolso a la silla, desocupaba sus manos y se quitaba los pasadores—. Ande, dígalo. Soy débil.

Edith retiró su peluca y dejó al descubierto su cráneo, que más que comido parecía devorado. Mechones de cabello por aquí y por allá, delante y detrás. Unos más largos que otros. Unos con más color que otros. Unos blancos y otros rojizos. Todos formando una imagen inconexa y deprimente.

—Así que, ¿ahora llamaremos a este tu «error de cabello»? —dijo el médico con un tono de sarcasmo que no mostraba demasiada sorpresa.

Varios meses habían pasado desde que Edith Velázquez llegó a ese consultorio por primera vez, lamentándose por haber cometido un error al que ella definía como «de metal». La soledad estaba acabando poco a poco con ella, literalmente. En un momento de desesperación causado por una ilusión no cumplida, la mejor idea que se le ocurrió para calmar su ansiedad fue tomar su brazo izquierdo y devorarlo a mordidas.

Cuatro años había comido sus uñas. La idea es que siguieran siendo sólo sus uñas, pero ese día su emoción la llevó a los nudillos, y a los dedos completos, y al resto de la mano, y a la muñeca, y al codo, y a toda su extremidad. Un excitante placer lleno de sabor y ganas, pero que como todo, tiene un fin.

Muchos placeres de la vida vienen acompañados de una culpa posterior. El alcohólico experimentará poder, pero amanecerá arrepentido de las sandeces que le gritó a su esposa la noche anterior. El fumador se sentirá en las nubes, pero no podrá evitar sentirse mal después de romper su juramento y meterse cuatro cigarros en lugar de uno. Una mujer con sobrepeso disfrutará su postre, pero llorará por habérselo comido con sus amigas por vergüenza a decir que no. Pero esas son cosas simples. ¿Qué haces cuando te das cuenta de que te has tragado tu propio brazo?

—Fue hace un mes —comenzó a relatar la paciente—, exactamente cuatro días después de haber venido aquí. Usted sabe, debilidad. Uno de mis momentos de agonía que se volvió más fuerte al mirar por la ventana y ver a una pareja pasándola bien en el parque. El chico no dejaba de acariciar su cabello, y ella sonreía cada vez que lo hacía. ¿Alguna vez alguien tocará el mío? ¿Llegará el día en que, sin importar lo desaliñado que se encuentre, me digan que se ve hermoso? ¿Será que yo podré devolver una sonrisa y acariciar también? Preguntas estúpidas que me hacía mientras los acosaba con mi mirada. Y es que quiero tenerlo todo. Veo cada cosa buena pasándole a alguien y la quiero para mí. No podía tener a ese chico, no podía tener esa clase de afecto, así que lo más razonable fue tomar mi cabello, arrancarlo de mi cabeza y tragármelo a mordidas. Fue increíble, como si me estuviera quitando un problema más de encima y me arrancara el dolor, pero…

—Pero después vino la culpa —interrumpió el doctor—, ¿o me equivoco?

—No soy estúpida. No es como lo de mi brazo. El cabello puede volverme a crecer.

El Dr. Molina la miró con desentendimiento y, por primera vez en meses, pareció no reconocer a la mujer que estaba frente a él. Había pasado más de veinte citas contándole lo mucho que despreciaba el haberse tragado el brazo, y cuando parecía que su mejora se veía pronta, le había llegado casi calva al consultorio.

—¿Has ido al grupo que te dije, Edith?

—No. Llamé pero nunca fui. Puedo hacer esto por mi cuenta, doctor. Ahora ya no estoy sola.

—¿Quieres contarme sobre eso?

«No hace más que formular preguntas», Edith pensaba, «pero creo que eso es de lo que se trata esto: de venir a desahogar, que pretendan interés, te den tus pastillas y dejes tu dinero».

—Conocí a alguien. Justo al día siguiente de arrancarme el pelo. Maldito destino, ¿eh? Pero qué le vamos a hacer ahora. En fin, bebía un café en una banca exterior de la cafetería de la plaza cuando él se acercó. Me pidió la hora, pero tenía un reloj en su muñeca. Una excusa para hablarme, pensé, y mi corazón latió a más no poder. ¿Realmente estaba pasando eso? Supe que éramos parecidos, no por nuestra forma de hablar, ni por los temas triviales de los que conversamos, sino porque vi algo en él que me llenó de calma: tenía una sola oreja. Me preguntó mi número telefónico y hemos hablado sólo por mensajes y llamadas desde ese día, pues él no es de esta ciudad. Hemos planeado un encuentro para pasado mañana, cuando venga por motivos de trabajo. Usted podrá notar mi ansiedad.

La sesión continuó por el resto de la hora hasta que el timbre del reloj se dejó sonar nuevamente, y Edith regresó a casa. Revisó su celular de inmediato y vio el mensaje casi idéntico que recibía todos los días pero que la seguía estremeciendo cada vez:


"Buenas noches, no puedo esperar para verte, ya falta menos. Un abrazo".


Habían sido tres semanas llenas de nudos en el estómago y alegría descontrolada. Finalmente, después de tanto llanto, después de tanta depresión, después de tantas terapias y después de comerse poco a poco, la Srita. Velázquez había encontrado a alguien que la entendía. Alguien muy parecido a ella, alguien real. Alguien que decía quererla.

El contacto y la interacción física se veían ausentes, pero la tecnología los hacía parecer cercanos. Llamadas por la tarde. Videollamadas por la noche. Mensajes de texto repletos de emoticones todo el día. Era la perfección, lo que ella siempre había anhelado y por lo que había derramado lágrimas y sacrificado partes de su ser. Era amor.

Pero quizá del otro lado más que amor, había obsesión.


Hombre encapuchado acaba con toda la tienda, hasta con la empleada.
Pedazos de cuerpo humano encontrados tras altercado en Calle 22.
Marcas de mordidas en pierna de mujer en el Hotel Camino de Mar.


—Vaya forma de resumir cosas —susurró David García mientras sostenía frente a él los tres encabezados de distintos periódicos y diferentes fechas.

Leyó las historias, mordisqueó su mondadientes con su muela de metal y mostró una sonrisa intimidante.

«La desesperación las vuelve ciegas», pensó. Tomó el teléfono y marcó el número de su oficina para avisar de una ausencia de un día por motivos personales. Supuso que tener cierta clase de intimidad con una mujer que recién conocía podía contar como un motivo personal, aunque no fuera el más usual de los casos. Mientras el beep de espera sonaba en el altavoz, cayó en cuenta de que esta vez debería usar su oreja izquierda para hablar una vez que levantara la bocina. «Inteligencia insuficiente, pero debo darle méritos. Ella obtuvo una parte de mí, pero yo la obtuve toda».

Dos días pasaron y las horas fueron diferentes para ambos. Edith miraba el reloj con ansias, deseo e ilusión. David, con hambre, ganas y perversión.


"Calle 14. Entre la plaza de la fuente y el edificio de espejos. Hay un pequeño callejón que lleva a la parte trasera de las casas suburbanas. Te veo ahí. Usa la peluca que me gusta".


Con el móvil en manos y ubicado frente a su vista, Edith alzó la mirada y vio el lugar que su amante le había indicado. Las manos le sudaban. El cuerpo le temblaba. La ansiedad nuevamente se apoderaba de ella. Pero esta vez era distinto, ahora no había pensamientos oscuros ni ganas de acabar con todo. Nada de esos momentos desesperantes en los que lloraba contra la almohada. Ni una pisca de deseo por hacer gran fuerza con sus manos y arrancarse algo para después llevárselo a la boca. Ese momento era diferente. No podía describir cómo ni por qué, pero lo era.

Ella llevaba zapatos con muchos adornos y que requerían al menos cinco minutos para quedar bien acomodados. Después de todo, no hay prisa si comienzas a emperejilarte con tres horas de ventaja.

Por el otro lado, él tenía zapatos cerrados haciendo camuflaje con pantalones caqui. La pierna derecha flexionada contra la pared mostraba un intento de proyectar confianza y seguridad, cosas que necesitaría tener seguras en los próximos minutos.

Miradas cruzadas. Sonrisas tímidas. Pasos temblorosos. Voces entrecortadas. Sensaciones prohibidas. Nada que en un encuentro entre amantes parezca extraño.

Poniendo sus tacones de punta, Edith le tomó la mejilla suavemente y esbozó una sonrisa que hacía valer cada segundo que había esperado. Su caballero se la correspondió y lentamente abrió su boca, pero no era para besarla. Era para algo más.


El sol se movió en el cielo hasta ocultarse, y un buen rato después, David salió del callejón, puso un nuevo mondadientes en su boca y lo mordisqueó con más fuerzas que nunca. «Meta alcanzada otra vez», pensó. «El punto está en decirles lo que quieren oír». Y con esas ideas en mente, y una peluca de mujer en la mano, se alejó del lugar lo más rápido que le fue posible.

Gritos provenientes de un supuesto forcejeo habían sido reportados desde un departamento ubicado en un cuarto piso. Cuando la policía llegó, no encontró más que una prótesis metálica de un brazo izquierdo atorada entre dos botes de basura y la pared.

Así terminó la historia de Edith Velázquez. Una mujer ingenua y desesperada, que cayó a los pies de los primeros halagos que escuchó en toda su vida, y que también resultaron ser los últimos.

Una mujer de la cual no quedó nada. Nada más que su «error de metal».

Imagen: rachel a. k. en Flickr

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